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La palabra acompañar es una de las más hermosas de la lengua castellana.

Aparece ya en el Cantar de Mío Cid (1140); en su etimología encierra el compartir el pan.

Acompañar, quizá la forma básica de la atención, que es la virtud primera del ser humano, ligera con entrambas alas (el ser atento y el estar atento).
Un anciano que se encamina hacia las últimas preguntas agradece ser acompañado. También la niña que ingresa en el zumbante matorral de enigmas necesita ser acompañada. Pero, de forma quizá menos obvia, desde la diáfana soledad de cada uno, todos y todas precisamos ser acompañados.
No tanto la estaticidad y formalidad de la compañía, como ese acompañar que está en movimiento, acompañando al que se mueve, más cordial y cercano.
El amor tiene algo de excesiva montaña rusa entre el cielo y el infierno. Los sabios psicoanalistas nos dicen que la relación sexual no existe. Y resulta dudoso que consigamos nunca ayudar al otro, en el sentido más riguroso del término. En cambio, siempre podemos acompañarle un trecho de camino.
Desde las formas más fáciles de acompañar —acariciar a la gata rumorosa— hasta las situaciones extremas de acompañar donde no se puede acompañar: el agonizante, la parturienta. (Pero los seres humanos no salimos adelante sin hacer lo que resulta imposible hacer, por lo menos varias veces al día).
La falta peor en que podríamos acaso incurrir, ¿no es haber rehusado acompañar a quien mudamente de verdad lo necesitaba?
No puedes responder a la pregunta del otro, pero sí que puedes acompañarle mientras recorre su propia formulación.
Precisamente porque no hay respuestas y el tiempo pasa: acompañar.
Jorge Riechmann (Varios. Los poetas de Zurgai; pag. 300-301)
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