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¿Cómo es posible pretender que una multirud distria por el deseo de consumir, desviada por continuas sacudidas en su capacidad de distinguir entre lo real y lo ficticio, solicitada por móviles egocéntricos y vagamente prepotentes, atascada en sus imaginaciones de futuro, pueda concentrarse de verdad en algo que se parezca a los ‘ideales de izquierdas’? Estos tienen un aire de recuncia, de rigor, incluso de tedio; en cambio, las caras del Monstruo Amable alimentan la festiva espera de un crecimiento indefinido y sin obstáculos, que las sombras de la catástrofe, aunque se perfilen contra el fondo, no deben empañar. Quienes sean más sensibles a esas presiones acabarán mirando con ojos fríos o incluso con irritación determinados mensajes propios de la izquierda: la idea del trabajo como peculiaridad humana, la práctica de la solidaridad como factor de cohesión, la lucidez en el análisis de lo real, la moderación minimalista del consumo, el respeto hacia las cosas y las personas. (El monstruo amable; pag. 170)