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Para empezar, un dúplex fue su mayor ilusión. La pasión arriba y la cocina abajo.

Tres años más tarde, fue suficiente con una sola planta.

Al colmarse el salón de juegos infantiles, se adosaron a un chalet.

Cumplido el ciclo, los hijos desplegaron las alas.

Desde entonces les basta con dormir en soledades separadas.

(Alejandra Díaz-Ortiz; Pizca de sal, pag. 38)

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