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Los castellanos de Jordi Puntí
Durante los años setenta un pequeño municipio industrial de la Cataluña del interior es lugar de destino de emigrantes del sur de España. En los descampados de las afueras, sobre un suelo sin asfaltar, se levantan nuevos bloques de viviendas destinados a ellos. No son castellanos, pero entre los del pueblo son conocidos como els castellans, los castellanos. Y entre los hijos de unos y otros, entre las pandillas de “castellanos” y “catalanes”, surge una rivalidad permanente, un estado de guerra que cuenta con la complicidad de sus padres. Es la guerra eterna entre indios y vaqueros, policías y ladrones, moros y cristianos, la guerra que reproducen los niños en sus juegos como en un espejo de la realidad.
Pero Jordi Puntí, en las maravillosas y divertidas historias que componen este libro, donde describe su propia infancia en el bando de “los catalanes”, consigue girar el espejo un poco más hasta extraer el punto de vista de la verdadera literatura: ese momento en que se descubre que cada bando es el reflejo del otro.
Puntí va describiendo esas zonas de combate y a la vez de encuentro: el pinball del bar, la piscina de verano o las butacas de la sala de cine. Y en esa lucha por los pequeños espacios el autor, a través de su memoria, va a la búsqueda del corazón del hombre.
La existencia, cualquier existencia, únicamente toma sentido cuando uno mira hacia atrás y trata de comprenderla en su conjunto. Cuando se transforma en un relato. (pag. 129)
Detesto los lugares comunes, no soporto la utilización simbólica (e ideológica) de los signos de identidad que se subyugan y reducen para facilitar la identificación colectiva… La simplificación y la estulticia se dan la mano en este tipo de identificaciones hoy tan de moda. Casi siempre las dicta el miedo a lo desconocido, la seguridad falsa que da una mirada colectiva.
La identidad es otra cosa. La libertad inidividual se forja en un combate entre lo que es público y lo privado. Por un lado está todo lo que nos es otorgado sin consultarnos y con tanta contundencia: el nombre, la nacionalidad, el lugar donde nacemos y morimos -es decir, la lápida en nuestra tumba, la piedra que nos representará cuando ya no estemos-. Por otro lado, lo que escogemos a lo largo de nuestra vida: el lugar donde vivimos, la lengua en la que hablamos y escribimos. (pag. 133)










