Tiempo, lentitud y lectura 3

El único lector verdadero es el lector pensativo. (Pierre Péju; El librero Vollard; Tropismos, pag. 54)

No ha sido mañana, ha sido un poco después. Habíamos dejado pendiente el tema de los soportes, quizás sea mejor, en este caso, hablar de dos lógicas distintas: la del papel (para leer texto y ver imagen) y la de la pantalla (también para leer o ver).

Recogíamos ya en abril el comentario de Ferrarotti sobre la diferencia de lógicas entre la escritura y lo audiovisual. Decíamos que lo alli señalado también podía pasar en los libros.

Pero, aparte de los “contenedores” y sus precios hay una diferencia quizás más importante en los usos y sentidos del tiempo en cada uno de los casos.

Así, y en relación a la Televisión y su visionado Carl Honoré señala que: La televisión puede entretener, informar, distraernos e incluso relajarnos, pero no es lenta en el sentido más puro de la palabra. No nos concede tiempo para hacer una pausa o reflexionar. La televisión dicta el ritmo, y éste suele ser más rápido: imágenes en rápida sucesión, diálogo acelerado y veloces montajes. Además, cuando miramos la televisión, no establecemos relaciones. Por el contrario, nos sentamos en el sofá, absorbiendo imágenes y palabras, sin dar nada a cambio. La mayor parte de las investigaciones revela que los espectadores adictos dedican menos tiempo a las cosas que realmente hacen la vida placentera, como cocinar, charlar con la familia, ejercicio físico, el amor, las relaciones sociales, el trabajo de voluntariado. (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 186). Me fijo en los siguientes detalles que son los que ahora me interesa resaltar:

– No nos concede tiempo para hacer una pausa o reflexionar. Alguien podría decir que para eso estaría el vídeo, pero ello nos obligaría a tomar decisiones fuera del propio proceso de visión.

– El visionado de imágenes supone ritmo mayores e, incluso, subliminales.

– Pasividad ante el medio.

Un segundo elemento más comparativo y señalado por Ferrarotti: El libro está arraigado. Se vincula a una lengua, a una cultura específica, a un país, a un barrio. Hablo de la lengua nacional, pero también de los dialectos. Remite a un conjunto concreto de los valores en un contexto histórico determinado. La televisión borra la historia. Aplasta a sus espectadores contra el presente. Los aplana. No tiene oído para el antecedente. Quema los puentes hacia el pasado. No puede proyectar nada porque promete ya, aquí y ahora, todo posible futuro. Es local y global al mismo tiempo. Está en todas partes y en ningún lugar. (Franco Ferrarotti; Leer, leerse, Península; pag. 25). Recordemos, en este sentido, también la frase de la novela “El fusil de mi padre“:  Después de la telenovela Anter y Habla daban un documental sobre el mar y los peces, en el que, al menos durante media hora, un hombre alto y delgado, con una expresión muy seria y con una boina roja en la cabeza, hablaba una lengua extraña que me daba miedo. Yo tenía muy claro que nosotros hablábamos kurdo, los iraquíes árabe y el resto del mundo inglés. ¿Cuál podría ser pues la lengua misteriosa que hablaba aquel hombre?. La televisión de mi tío daba también películas indias. Pero yo no estaba contento; no había nada en mi lengua. Eso me intrigaba mucho. ¿Tal vez nuestra voz no podía trasmitirse a través de la pantalla? ¿O quizás la lengua de la televisión la escogían en el país donde fabricaban los aparatos?. Tenía muchas ganas de poder mirar una televisión kurda….y juré que algún día haría hablar a aquella máquina en kurdo. (Hiner Saleem; El fusil de mi padre; Anagrama, pag. 57).

Para la lectura y para el libro en nuestro idioma, en nuestra lengua, con unos arraigos concretos los ritmos y los tiempos pueden y deben de ser distintos. “El acto de tomar asiento y enfrascarte en la lectura de un texto es algo que planta cara al culto de la velocidad. Como ha dicho el filósofo francés Paul Virilio, “la lectura implica tiempo para la reflexión, una reducción del ritmo que destruye la eficiencia dinámica de la masa”. Incluso en una época en que las ventas de libros, en general, se encuentran estancadas o descieden, mucha gente, en particular ciudadanos cultivados, están enviando al infierno a la eficiencia dinámica y se acomodan en su asiento con un buen libro entre las manos. Incluso es posible hablar de un renacimiento de la lectura”. (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 187)

Ya recogimos también esta relación distinta y de valor a través de unas palabras de Paco Puche.

Podríamos casi afirmar que no hay lectura ni (¿libro?) sin una cierta cadencia de tiempo que posibilite la creación y el pensamiento.

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