Adivina, adivinanza

El texto que viene a continuación ¿quién lo ha podido escribir? y ¿a qué país se refiere?. Prometemos contestar con la respuesta correcta a quien se anime a contestar.

En este país, escribir libros y publicarlos tiene siempre algo de ilusión, esa es la verdad. Todos nos quejamos de que no hay lectores, y los periódicos publican encuestas aterradoras que dicen que la gran mayoría de los …….. no alcanza a leer un libro al año, lo cual, si lo pensamos, es una tragedia nacional. Asimismo, por más artículos y entrevistas que se publiquen en los medios de comunicación cada vez que se publica un libro, lo cierto es que ese libro suele caer en el olvido muy poco después, un olvido que parece consolidarse con su prontísima desaparición de las librerías. Y no digamos aquellos libros que no consiguen la gracia de una nota, una crítica, una entrevista: ¿podrá su lector encontrarlos, distinguirlos en medio del maremágnum de las novedades y los libros de autoayuda, esa peste, habrá alguien que se lo recomiende a alguien? Si nos limitamos a la influencia de los medios, publicar se ha convertido en una especie de pasarela que emula los quince minutos de fama (¿o eran cinco?) de que hablaba Andy Warhol; ahora los libros comparten esa especie de hastío que provoca la lectura de noticias, esa rápida deglución que consiste en tragar su contenido sin digerir sus alcances. Y los escritores también intentamos equilibrismos torpes en esa cuerda floja mercantil:

«Duele ver que muchos de los mejores escritores de nuestra edad tiendan su voluntad creadora hacia la constitución de leyendas relampagueantes pero no de obras perdurables, hechas para ser humildemente compartidas y leídas por seres humanos y no por hazañosos críticos. Esos escritores nos duelen, es decir, nos dejan a pesar de todo una cierta humedad espiritual que alivia de la aridez de las tormentas de polvo, de las tolvaneras que levanta en el alto valle de nuestras letras el viento del afán oral. Esos vientos hablados que sepultan al lector y al interrogador. ¡Y nos quejamos de que hay pocos lectores, cuando más bien debería maravillarnos su silenciosa paciencia, su tolerancia, su respectuoso gesto con que compran libros para no leerlos! Porque a estas alturas, para muchos autores y pseudoautores, el de la lectura ya es más un asunto de creencia que de fe.»

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