Entusiasmo

Terminé ayer de leer el libro de Ernesto Sabato “España en los diarios de mi vejez“. Cuando empecé a recoger las citas de las notas que había ido tomando me llamó atención la coincidencia en relación al termino entusiasmo entre la cita de Sabato y una cita de Boff. La segunda dice así: Filológicamente, entusiasmo significa tener un dios dentro. (Leonardo Boff; La voz del arco iris, Trotta, pag. 80) y la de Sabato, un poco más amplia, es:  La vida debe ser sostenida y fecundada en la ilusión. Lo que importa no es la realidad estricta que “algo contenga”, sino aquella altura a la que apunta. Es gracias a ese imposible que nos elevamos por encima de todo lo posible. Es el entusiasmo que nos mantiene vivos. De paso me han dicho que entusiasmo quiere decir estar inspirados por los dioses. Algo que parecerá muy retrógrado a la feligresía del progreso. (Ernesto Sabato; España en los diarios de mi vejez; pag. 22).

Me gusta la doble idea de el entusiasmo como fuerza de vida y la referencia al dios dentro que permite, incluso, una lectura peculiar de la “humanidad cristiana” o del Dios hecho hombre con mayor anclaje humano y más cercano a los planteamientos de El Principio Esperanza de Ernst Bloch.

No sé por qué extraña unión de ideas me lleva esta reflexión, mientras tomo notas sobre la misma a la posibilidad de compartir ilusiones y vivencias y recojo tres que se han dado durante el día: la comida mantenida con dos personas; la referencia de una de ellas a su inicio de colaboración con la Fundación Vicente Ferrer y la recepción de dos libros distintos dedicados por su autor y autora: “Un hombre de pago” de Neus Arqués donde me encuentro en su dedicatoria la apalabra apoyar y el de Fernando Fantova “Tercer sector e intervención social” que habla de “algunas cosas que le importan”. Son palabras, entusiasmo, ilusión, compartir, apoyar, importar que hoy me suenan en la misma honda y me recuerdan lo leído hace poco a Sabato cuando dice que “Pienso en las palabras que ya no se escuchan, como espíritu, bondad, absoluto, infinito, alma. Esas palabras que en mi juventud al menos usábamos para denostarlas, para criticarlas, pero en todo eso le dábamos valor, sabíamos y sentíamos su peso, su gravedad” (Ernesto Sabato; España en los diarios de mi vejez; pag. 177)

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