Airear la casa del padre

Muchas son las voces que reclaman, cada vez con mayor decisión, un cambio en la política del País Vasco. Cambio de personas, de políticas, y sobre todo, de modos de hacer. Se extiende la percepción de que hay un tiempo que se acaba y de que es conveniente, incluso necesario, dar paso a nuevas ideas y energías. Para quienes así pensamos, no es admisible que la retórica política siga mordiéndose su propia cola, y continúe girando indefinidamente en torno a problemas no resueltos o, quizás, algunos, irresolubles, en un ejercicio permanente de frustración y de enfrentamiento artificialmente alimentado.

En los ámbitos culturales, como no podía ser de otra manera, se palpan también estos deseos de forma tangible. Son, seguramente, las nuevas generaciones las que con más claridad no se reconocen en los discursos agónicos ni en los autocomplacientes. Las personas jóvenes que apuestan por la creación demandan un país normal en el que poder desarrollar sus proyectos de futuro.

Poder convivir y crear en una sociedad abierta, rica en diferencias y matices, moderna e integradora, sin que los espectros del pasado se empeñen, una y otra vez, en imponer su presencia.

La Plataforma Cultura Abierta es una de las expresiones de estos sentimientos de cambio y libertad. La formamos un grupo de personas que trabajamos en distintos ámbitos culturales:gente de la escena, del libro, del cine, de la gestión cultural, artistas… Personas independientes, con diversas trayectorias, a las que nos une un diagnóstico compartido: es preciso construir otra cultura política desde mayores cotas de libertad, democracia, transparencia y respeto profundo a la diversidad de ideas y sentimientos que conviven en nuestra sociedad.

Las vallas que cercan la libertad personal y de creación son hoy de diversa naturaleza. Unas, obvias: la violencia fanática extrema contra el que piensa y actúa de manera incorrecta; otras, mucho más sutiles: las que llevan, discretamente, a hacer invisible al que no sigue la tendencia dominante e incluso peor, la auto-limitación para no llamar la atención de los árbitros que determinan cómo debe pensar un buen vasco. Muros de cristal, por lo tanto, no siempre evidentes.

Con el paso de los años, se han tejido demasiadas construcciones simbólicas sobre nuestra identidad colectiva, demasiados valores, supuestamente compartidos, no sometidos a crítica, porque no ha existido un ambiente propicio para hacerlo. Ha llegado el momento de que un aire fresco ventile la vieja casa del padre, que es la de todos, para volver a habitarla y vivirla, antes de que se convierta en un eco-museo, objeto nostálgico de culto a viejas vigas corroídas.

Se argumentará que se ha dado un gran salto cultural, que se ha construido mucho en estos últimos treinta años. Es cierto, veníamos de la nada. Hay una Euskadi satisfecha ante la imagen que le devuelve el espejo particular en el que se mira. Se ha tomado al pie de la letra la consigna de construir país, y ha hecho acopio de cemento. Se han edificado museos, palacios de congresos, salas de exposiciones, teatros públicos, centros culturales. Eran necesarios, pero el balance es menos optimista cuanto se analiza lo que realmente producimos y la precariedad en la que se desenvuelven buena parte de nuestros creadores. Al menos, los que han decidido permanecer entre nosotros.

El cambio que deseamos es una ventana abierta a otros paisajes, un territorio de expectativas por materializar, y ha de hacerse liberando todas las energías creativas, porque se construye para toda la ciudadanía vasca. No es un ajuste de cuentas rencoroso con el pasado, sino un acuerdo para dar un salto hacia delante. Del cambio esperamos una nueva administración cultural que enmiende errores, pero no en el sentido de asentar nuevos dirigismos de otro signo, sino que sea capaz de crear las condiciones que permitan expresarse a todos los individuos y grupos que componen la sociedad. El cambio cultural no ha de consistir en la promoción de una noción específica de la cultura con sus productos o contenidos concretos, sino en la regulación de un espacio abierto de oportunidades y la garantía de que ese espacio no puede ser objeto de cierres ideológicos o de ninguna otra manipulación hegemónica, ni por razones estéticas, idiomáticas, de género, de procedencia o de pensamiento.

Hay mucho por hacer. La acción cultural pública está dispersa entre instituciones de distinto rango -Gobierno, Diputaciones, Municipios- que, en ocasiones, compiten entre sí en la búsqueda de un protagonismo que dilapida recursos y mira poco por los intereses de la ciudadanía. Establecer criterios sensatos sobre lo que a cada cual le corresponde y ponerse de acuerdo en lo común, sería un gran avance.

En el País Vasco se crea en euskera y en castellano. El apoyo a la creación ha de tener en cuenta ambas realidades. Tenemos que paliar un déficit de creación artística y, en sentido amplio, cultural. Paradójicamente, el nacionalismo gobernante no ha querido o no ha sabido mimar lo propio. Basta mirar los contenidos que se exhiben en los grandes equipamientos que se han construido. Una política cultural democrática exige igualdad de oportunidades, integración, atender a lo emergente y experimental, propiciar el desarrollo del talento y la creatividad, cooperar con las iniciativas ciudadanas, apoyar a las personas y colectivos locales con inquietudes para que puedan materializarlas. Al mismo tiempo, integrar y aprender de quienes vienen de fuera y mirar hacia el exterior sin complejos. Salir de la trinchera y tejer alianzas. Nos falta contraste, ser un país más abierto que haga de su producción cultural su mejor tarjeta de visita.

En esta tarea no sobra nadie. Hacen falta la acción institucional, la iniciativa ciudadana y la implicación de las industrias culturales y en particular, la de los medios de comunicación. El Grupo EiTB tiene una especial responsabilidad a la hora de afrontar el cambio. Habrá de ser un referente de la pluralidad de la vida democrática, de la cultura, de la creación audiovisual del país. Pero su papel supera ampliamente lo cultural. Por ello: ¿no sería conveniente que su presupuesto dejase de depender de la Consejería de Cultura? Quedaría más claro cuál es, realmente, la inversión que el Gobierno Vasco destina a la cultura.

El cambio cultural que reclamamos no es un traje hecho a la medida de artistas y profesionales de la cultura. El concepto de cultura es inseparable de la sociedad, de la ciudadanía. Un cambio cultural profundo afecta a nuestras relaciones sociales: ha de ser un proceso que admita diferentes maneras de pensar, distintos relatos sobre la comunidad que formamos, un cambio que fomente la convivencia en paz. El cambio que queremos no elimina las diferencias, no es un escenario idílico, será contradictorio, pero nos va a servir para encauzar nuestras diferencias y conflictos mediante un compromiso permanente de diálogo, de negociación y de acuerdo.

Creemos que los cambios verdaderamente importantes es mejor hacerlos cuanto antes.

– Óscar Alonso, Escritor
– Mikel Alvira, Escritor
– Ricardo Antón, Artista
– Ángel Asensio, Técnico de cultura
– Txetxu Barandiarán, Consultor en el sector del libro
– Juan Bas, Escritor
– María Bengoa, Periodista
– Santiago Burutxaga, Animador cultural
– Beatriz Celaya, Periodista
– Luis Eguiraun, Guionista
– César Fernández, Escritor
– Fernando Golvano, Comisario de Exposiciones y Crítico de arte
– Manu Gómez Álvarez, Director de Hacería
– María González, Periodista
– José Luis González Blanco, Técnico de cultura
– Felipe Juaristi, Escritor
– Javier Maura, Escritor
– José Antonio Pérez – Guionista
– José Gregorio del Sol. Blogero impenitente
– Mikel Toral, Técnico de cultura
– Juan Zubillaga, Físico

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5 comentarios en “Airear la casa del padre

  1. J.J. LONGARELA

    Txetxu sublime, ¿cómo exportamos ese espíritu a Madrid?, antaño lugar fructifero en movimientos culturales hogaño páramo cultural.

  2. Juanjo: A eso le deberéis dar una vuelta vosotros, pero si queréis os intenamos echar una mano.
    Mak ahora mismito le incluyo como ¿blogero impenitente?

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