Lectura y amor

Leer es un acto real de amor entre el libro y el lector, si entendemos el amor como una forma de relacionarnos, en la cual el ser del otro es legítimo. Leer es un acto amoroso que nos permite mirar más allá de lo que ven los ojos. (Adelaida Nieto; Mañana es tarde para las niñas y para los niños; Conaculta; pag. 16)

¿Continente contenido? La falsa alternativa

Voy ya de vuelta a Bilbao en el ‘bus con wifi’ que por ahora va funcionando.

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Ayer a la noche estuvimos en la presentación del libro de Iñigo Lamarca, ‘Diario de un adolescente gay’ y disfrutamos después de una buena ‘cena conversacional’.

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Hoy se ha celebrado la asamblea de ARCE y antes de la misma he tenido tiempo holgado para desayunar tranquilo con prensa.

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Me he encontrado en El País un interesante artículo de José Luis Pardo que aborda de nuevo la importancia de los contenidos en los medios de comunicación más allá de los canales. Algo sobre lo que también se reflexionaba en la asamblea ahora que se andan abordando nuevos proyectos.

La pregunta clave es qué es lo que leeremos, más allá de dónde lo leeremos.

Reflexión parecida aunque traída desde otro hecho concreto se plantea César Coca que escribe sobre los ‘infumables’ en papel que se podrán comprar en la Feria del Libro de Madrid que prohibe expresamente la compra de contenidos, quizás no tan infumables, en digital.

Sobre este debate, sobre e de la calidad de los contenidos parece que nadie quiere entrar. Los ‘digitalistas’ parecen querer moverse en el todo vale y en la falacia del ‘todo accesible’. Los ‘papelistas’ veneran al árbol finamente laminado capaz de acoger cualquier bodrío.

Sigue faltando sentido y perspectiva.

Las revistas también saben lo difícil que es moverse en estas aguas y lo siguen intentando.

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La respuesta de la Feria del Libro de Madrid ha sido peregrina ya que una es la dimensión del sentido que puede tener o no la presencia del libro electrónico y otra, que es la que da el reglamento que es la prohibición expresa.

Mal camino es el prohibir y malo también el creer que todo da lo mismo.

Ya lo recogimos en su momento en un comentario cuando escribimos:

En relación a la Feria del Libro de Madrid el texto es meridianamente claro en su artículo 6.1.IV excluídos dice: Los libreros, editores, distribuidores y servicios de publicaciones de organismos oficiales e instituciones públicas que se dediquen principalmente a la venta, edición y distribución, respectivamente, de libros electrónicos o de libros que se publiquen por Internet o mediante cualquier otro soporte distinto de la tradicional edición impresa.

Y en el artículo 13.1 de derechos dice Vender libros, con excepción de libros de viejo, libros de saldo, libros electrónicos o libros que se publiquen en Internet o mediante cualquier otro soporte distinto de la tradicional edición impresa u otros objetos o producto comercial sin registro ISBN.

Sin comentarios.

 

¿Nuevas políticas del libro?

Escribíamos ayer que ‘La crisis ya ha llegado‘ haciendo referencia básicamente, al aspecto económico de la misma y nos desayunamos hoy con un artículo de opinión en El País de Federico Ibáñez que bajo el título Repensar la edición pone en solfa con criterio al sector no sólo de la edición sino a todo el sector del libro.

Este detalle, lo explico a continuación, sería mi crítica fundamental al artículo: hablar en clave de subsector (edición) y no de sector (libro) y hablar, quizás desde un viejo paradigma (libro) y no desde uno nuevo (lectura). Son detalles con importancia porque al final supone o puede suponerlo enfoques distintos.

Incluyo el texto completo que me permite incluir algunos enlaces que en la edición digital con óptica plana de papel,El País no incluye.

La edición no sabe si va o viene, sube o baja, a juzgar por las opiniones dispares, a menudo, contrapuestas, de sus protagonistas. Para unos, la edición de libros se encuentra al abrigo de la recesión protegida por el manto de una demanda estable o, aún mejor, creciente que busca en tiempos de dificultades llenar el ocio sin gastar demasiado. Desde esa perspectiva, el libro sería un “bien refugio”, uno de esos pocos bienes inmunes a la nueva gripe de la crisis global.

Por el contrario, otros editores y casi todos los libreros opinan lo diametralmente opuesto: las ventas a particulares y a las instituciones, sobre todo a las bibliotecas, han sufrido recortes sensibles. Tampoco los exportadores están de buen humor. La nueva crisis alcanza a Iberoamérica, sumándose a anteriores crisis vividas en aquellos países. Además, los precios españoles, fijados en euros, no ayudan precisamente a mejorar las cosas.

Algunos anuncian incluso “el fin de la burbuja del libro”, y aducen para ello que al alto número de novedades que se publican cada año se opone ahora el enorme índice de devoluciones de libros que llegan a los distribuidores. Los más pesimistas aseguran que alcanza en ocasiones el 50% de los libros servidos a los puntos de venta. De ser ello cierto, resultaría que uno de cada dos ejemplares, tras una breve estancia en las librerías, emprende el camino de regreso a los almacenes de distribuidores y editores.

A los problemas del momento se añade el mar de fondo que representa la aparición de la edición digital y de los nuevos soportes de lectura que cuestionan los perfiles del libro y hasta su misma identidad. Sin ir más lejos, nuestra Ley de la Lectura identifica libro y libro electrónico sin distinguir entre ellos. La solución resulta fácil, pero dudosamente eficiente. Cualquiera ve que el libro y los soportes de contenidos digitales se contratan, se producen, se comercializan y se leen de manera distinta; son productos diferentes. Todavía más: en estos tiempos, la pregunta segura en encuentros, reuniones o en los medios de comunicación es cuánto tiempo más durarán los libros antes de ser sustituidos por la edición digital, los nuevos soportes, los e-books o, estas últimas semanas, por las máquinas de impresión inmediata como las que la cadena de librerías Blackwell’s ha instalado en alguna de sus tiendas de Londres.

Por si fuera poco, la edición se siente acechada por nuevas empresas e instituciones que pretenden irrumpir en sus territorios tradicionales en busca de los contenidos que precisan y de los que carecen. Desde Google a Europeana, pasando por proyectos como Obidne-Pro o Arrow, por citar unos pocos, todos demandan, frecuentemente de la mano de las compañías de telecomunicación, que los editores les abran sus catálogos. La tensión entre los titulares de derechos y los abanderados de la “sociedad de la información” -centros de enseñanza, universidades y bibliotecas al frente- se traduce en una especie de juego de tira y afloja que parece resolverse claramente a favor de estos últimos.

Por suerte, los editores y, en general, la gente de los libros se caracterizan por su pluralidad y su creatividad. Tan es así que el fuerte componente vocacional de su profesión les dota de una energía y voluntad personales que impregna al sector. Y el momento lo vive cada uno como puede, alimentando el catálogo, la mirada puesta en las oportunidades y encaramado al palo de la propia experiencia.

Ahora bien, no sería malo, en opinión de muchos, que el conjunto de la edición y las autoridades culturales buscaran un momento, o los que hicieran falta, para juntos darle vueltas a los problemas y buscar un nuevo marco -nuevas políticas del libro- que aseguraran no sólo su continuidad, sino también el desarrollo de la importante industria cultural que lo hace posible. Debería ser ahora, piensan, cuando se tomara muy en serio a la industria cultural más importante de nuestro país y la más internacional gracias a su sobresaliente presencia en Iberoamérica.

Los nuevos tiempos parecen reclamar nuevas decisiones. Desde luego, sobre el libro y el universo digital, su impacto en el soporte, en la creación literaria y científica, en la enseñanza, en la propiedad intelectual, en los conceptos clásicos de distribución y comunicación. Nuestros vecinos franceses ya lo vieron, y su Ministère de la Culture encargó a un grupo de expertos un informe sobre la edición digital, el llamado Informe Patino, que, presentado en julio de 2008, constituye una aportación del máximo interés a esta cuestión.

La edición española, siempre con la mirada puesta en los países iberoamericanos, y, si se me apura, en nuestra lengua española, precisa de un instrumento análogo que junto con otros permita fijar nuevas pautas, alternativas e instrumentos de todo tipo que a medio plazo aseguren “mediante acciones políticas, un ambiente favorable a la producción intelectual de nuestros países, subrayando los acelerados cambios que producen las nuevas tecnologías en el entorno del libro” según se presenta el importante Documento Final del Foro iberoamericano sobre el libro organizado por CERLALC (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina, el Caribe, España y Portugal) en noviembre de 2008. Sin duda, en una sociedad tan descentralizada como es la española actual se impone el diálogo con las administraciones de las comunidades sobre los ámbitos de su competencia, por ejemplo, bibliotecas públicas y escolares, y cuanto se relaciona con la atención a la diversidad cultural, a la llamada “bibliodiversidad”.

Sería un error considerar que la importancia de nuestra industria editorial es algo natural que funciona por sí solo. ¿Habrá que recordar que en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo la edición latinoamericana, especialmente la argentina y mexicana, lideraban la edición en lengua española?

Nadie duda a estas alturas de que fue la visión y el esfuerzo de algunos profesionales del libro y de las instituciones que lo promovían -INLE primero, Ministerio de Cultura después-, los que supieron crear los andamios sobre los que supo auparse la industria editorial. Y no estará de más recordar aquí a Juan Manuel Velasco, el director general del Libro y Bibliotecas, que a finales los años ochenta sentó las bases de las políticas del libro todavía vigentes: precio fijo de los libros, ayudas a la creación, traducción y edición, constitución del Centro Exportador de Libros Españoles (CELESA) y promoción de nuestros creadores en centros de enseñanza o en eventos especiales.

Transcurridos 25 años, sobrevenidos nuevos tiempos, se precisan nuevas políticas del libro y nuevos liderazgos atentos a la eclosión creativa de los nuevos y viejos editores para que, repensado el libro, lectores, creadores, editores, libreros, bibliotecarios, y el largo etcétera de oficios y profesiones que el libro convoca, recuperen el impulso que da la confianza en el futuro.

 

Hasta aquí el artículo. Es preocupante que una ley aprobada no hace todavía dos años quede en gran parte obsoleta o no haya sido capaz de tenr mínimamente en cuenta los nuevos escenarios.

Creo que en cualquier caso más que problema de nuevas políticas es problema de nuevas voluntades y esto siempre suele ser más complejo.

Los ‘intereses creados’ tiran mucho.

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La crisis ya ha llegado

Lleva ya un tiempo el sector o parte de él  con ‘mirada de avestruz’, pero el tiempo poco a poco va siendo tozudo y así en la medida que se acercan las celebraciones de algunos acontecimientos el efecto de la crisis traducida en menor consumo se va haciendo patente.

Sobre los datos de menor consumo siempre cabe una reflexión que es la que se sitúa no  en el volumen de movimiento, sino en la rentabilidad del mismo. Dicho de otra manera: una librería que vendiera menos podría en esta época ser más rentable si hubiera conseguido mejorar sus ratios de eficiencia. Un maravilloso ejemplo, como muchas otras veces, nos lo acerca el quiosquero que se ha concedido tiempo para analizar con tino sus cuentas.

No estaría mal tomar ejemplo e incluso trasladar el análsis a las librerías sobre todo con la que está cayendo y lo que todavía puede venir.

Ricardo Cavallero ya había dicho que la facturación no es per se un buen indicador. Había algún librero que ya se quejaba y ya escribíamos el año pasado sobre ello.

Ya no se puede uno quedar en la barrera.

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