Campaña

Parece que desde hoy a las 0 horas todos, menos los asesinados, estamos ya en campaña.

Momento estupendo en el que las palabras pierden sentido, las promesas perspectiva, los debates se convierten en banales y la palabra dicha valor.

Así nos pasaremos los próximos 15 días sabiendo ya de entrada que aproximadamente el 35% de la población hará oídos sordos a todo y casi el otro 65% lo haremos a todo aquello que no queramos oir.

Así que palabras e imágenes al viento para que casi nadie escuche aunque los medios y los partidos que son los que viven de esto unos por aumento de consumo y otros por aumento de puestos traducible a dinero se intentan empeñar en la tarea.

Son, en general, como los ‘malos estudiantes’ que guardan todo su esfuerzo para el apretón final. Quizás por ello casi todos acaban suspendiendo.

Creo que voy a poder disfrutar de un tiempo extra de lectura para intentar abstraerme de otras palabras vacías.

– Los curas se dirigen a su público, y también los políticos. Ambos hablan para los de su color, sus seguidores agitan su misma bandera, buscan el tibio refugio del aplauso seguro de los de su mismo color. (Anjel Lertxundi; Vida y otras dudas; pag. 58)

– Ésta es la paradoja. Por una parte, el lenguaje de los políticos, que pretende referirse a categorías reales, congela las identidades en definiciones estáticas, separa, pero no consigue individualizar. Por otra, la lengua de la poesía y la ficción, que reconoce la imposibilidad de nombrar con exactitud y de forma definitiva, nos agrupa, a todos y cada uno de nosotros, en una humanidad común y fluida, y nos otorga al mismo tiempo, identidades que nos revelan a nosotros mismos. En el primer caso, la etiqueta que nos impone un pasaporte y la identidad convencional que nos es dada bajo cierta bandera y dentro de ciertas fronteras, así como la mirrada unificadora con que percibimos a aquellos que, al parecer, comparten cierta lengua, cierta religión o cierta tierra, nos fija a todos a un mapa coloreado cruzado por longitudes y latitudes imaginarias que tomamos por el mundo real. En el segundo caso, no hay etiquetas, ni fronteras, ni finitudes. (Alberto Manguel; La ciudad de las palabras; pag. 43-44)

– Me dan vértigo esas lealtades absolutas a principios absolutos, que suenan más a inmolación que a devoción. (Miguel Sánchez-Ostiz; Sin tiempo que perder; pag. 215)

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