La buena literatura

Hoy ha sido un día de reunión en reunión.

Fructíferas y agradables todas.

Por quedarme con alguna me quedo con la del mediodía.

Siempre puede existir la capacidad de sorprender o de proponer lo inesperado y eso es bonito. Crea incertidumbre, duda, pero detrás se palpaba una ilusión.

Como hemos andado en ese trasiego hablando de libros y lectura, con comida incluída, disfrutando de cigarro liado por otras manos, siempre tiene un signficado especial lo que pasa de mano en mano, no quiero dejar pasar una referencia de Félix de Azúa sobre la buena literatura.

Si la línea ensarta un lector, la bella página cubierta de líneas ha hilado un público. Un público que no es ni de hoy ni de mañana, porque el escritor quiere que su lector sea eterno (y en algún caso lo consigue). Ese lector es la única razón de ser de la escritura cuando ésta pasa a llamarse ‘literatura’, hasta el punto de que sólo podemos llamar buena literatura a aquella escritura que añade un lector nuevo, no una repetición, a la cadena. Jave Austen los añadió a su manera y Proust a la suya. Machado inventó lectores magníficos, pero, aunque modestos, los que inventó Campoamor no son en absoluto desdeñables. (Lecturas compulsivas. Una invitación; pag. 15-16)

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