Compañeros de fatigas

Ahí donde los veis aparecieron en mi vida hace más de veinte años.

Hoy, después de comer, al verlos ahí, tan erguidos y firmes me he acordado de ellos que calladamente, sin molestar, me acompañan cada mañana al levantarme.

Ni una mala palabra. Ni un tono más alto que otro. Complementarios entre sí y siempre intentando que lo que pueden ofrecer esté en su punto.

El uno cuando termina su tarea va avisando con un pssssssssssssssss. El otro la inicia más con un ploff al moverle su palanquita.

Muchas otras cosas han cambiado a lo largo de todos estos años, pero ellos siguen por ahora estando presentes.

Han tenido algún achaque. Que si una goma de juste por aquí o una tapa floja por allá. Fruto de los años nada más, pero siguen tan jóvenes y dispuestos como el primer día.

Pequeño símbolo de lo que permanece en el día a día, en el gesto cotidiano del primer café que me hace arrancar.

Ellos, después, vuelven al segundo plano, pero siempre dispuestos a entrar de nuevo en acción.

Ni los perros son tan fieles como ellos.

Así que en breves días les daré unas vacaciones, no más de cinco días, para que cuando nos volvamos a encontrar todo siga moviéndose entre el psssssssss y el plofffff.

Sonidos aromáticos de compañeros de fatigas.

 

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