Compañeros de fatigas

Ahí donde los veis aparecieron en mi vida hace más de veinte años.

Hoy, después de comer, al verlos ahí, tan erguidos y firmes me he acordado de ellos que calladamente, sin molestar, me acompañan cada mañana al levantarme.

Ni una mala palabra. Ni un tono más alto que otro. Complementarios entre sí y siempre intentando que lo que pueden ofrecer esté en su punto.

El uno cuando termina su tarea va avisando con un pssssssssssssssss. El otro la inicia más con un ploff al moverle su palanquita.

Muchas otras cosas han cambiado a lo largo de todos estos años, pero ellos siguen por ahora estando presentes.

Han tenido algún achaque. Que si una goma de juste por aquí o una tapa floja por allá. Fruto de los años nada más, pero siguen tan jóvenes y dispuestos como el primer día.

Pequeño símbolo de lo que permanece en el día a día, en el gesto cotidiano del primer café que me hace arrancar.

Ellos, después, vuelven al segundo plano, pero siempre dispuestos a entrar de nuevo en acción.

Ni los perros son tan fieles como ellos.

Así que en breves días les daré unas vacaciones, no más de cinco días, para que cuando nos volvamos a encontrar todo siga moviéndose entre el psssssssss y el plofffff.

Sonidos aromáticos de compañeros de fatigas.

 

Estar a gusto

Fue el 14 de agosto pasado.

Como en los últimos años habíamos quedado para comer en El Casino de Lesaka.

Aproveché la cita para quedar antes en Hondarribia con una persona y travacionar un poco, pero sin pasarnos.

Quedamos en la cafetería del Hotel Río Bidasoa a donde me dirigió y acompañó una persona mayor que se desvió de su paseo para acercarme al mismo.

Ya en el hotel, y aunque la cafetería no estaba abierta, me ofrecieron la posibilidad de servirme café de la máquina, sin ningún coste, y poder disfrutar de la tranquilidad de la terraza. Todo con una enorme amabilidad que fue de agradecer y que unido a la disposición de la persona que me acompañó y a la charla travacional hizo que la mañana se convirtiera en un buen preámbulo de la comida.

Ya aterrizado en Lesaka, con la tortilla encargada, como siempre surgió la conversación distendida sobre lo divino, lo humano, lo político y lo social.

Los cuatro, como otras veces, compartiendo mesa distendida, disfrutando, como si fuera un guiño, de una ensalada con cuatro tipos de tomate, mezclados sin revolver, donde cada uno aportaba su punto diferente de gusto y textura.

Ya pasadas las 18:00, cuando nos levantábamos de la mesa y en la vuelta para Bilbao, después de haber hecho también acopio-regalo de verdura fresca, buen vino y aceite gracias a J.M., pensaba lo a gusto que había estado y me venían a la cabeza algunos otros encuentros de agosto con M. y A. o con L. donde la conversación y el estar a gusto ha sido la tónica de los mismos.

Pablo escribe sobre el valor emocional de las experiencias. Termina: Ahora que llegan días de vacaciones para muchos, no dejemos, pues, pasar la oportunidad de agregar valor emocional a nuestra vida con una elección más intencional de las experiencias que vivamos.

Intencionalidad, valor emocional, tiempo y personas quizás sean algunas de las claves que permiten ese ‘estar a gusto’.

El buen vivir

Uno de los principales sistematizadores del buen vivir expresó así los trece saberes cotidianos:

  1. saber comer
  2. saber beber
  3. saber danzar (establecer una comexión cósmico-telúrica)
  4. saber dormir
  5. saber trabajar
  6. saber meditar (entrar en un proceso de introspección)
  7. saber pensar (a partir del corazón)
  8. saber amar y dejarse amar
  9. saber hablar bien
  10. saber escuchar (con todo el cuerpo)
  11. saber soñar (todo comienza con un sueño)
  12. saber caminar (con el viento, con la Tierra y con los antepasados)
  13. saber dar y saber recibir (vivir la mutualidad y la economía del don)

(Leonardo Boff; El cuidado necesario; pag. 62-63)

El lector

A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores…Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual. (Jorge Luis Borges; en prólogo a la primera edición de Historia universal de la infamia)

Siete vidas tiene el gato

Mi primera vida la perdí jugando a la pelota.
La segunda me abandonó buscando una respuesta
que nunca encontré.
La tercera me la robó un cantante de mala fama.
De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón.
Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta.
La sexta la doné a Soledades sin Fronteras.
La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar
en lo más profundo de tu boca.

(Alejandra Díaz-Ortiz; Cuentos chinos; pag. 14)

Fruto del trabajo

He hablado ya por aquí varias veces de la Posada la Robleda.

He vuelto por allí este fin de semana.

Se ha convertido en mi ‘espacio de huida-acogida’ en Cantabria.

Me tratan bien, me siento cuidado, disfruto del espacio, sobre todo de su porche a las tardes.

Javier y Neli han levantado el proyecto y lo mantienen con todo su esfuerzo y más en estos tiempos que corren.

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