Libres todo el tiempo. Luisa Etxenike

Ayer, en la entrega del manifiesto Publikoa a Patxi López, Luisa Etxenike leyó un para mí sugerente texto que reporduzco tal cual a continuación.

LIBRES TODO EL TIEMPO

Siempre que trato de representarme con absoluta seriedad lo que significa para mí la Cultura acudo, en realidad acude a mí, la imagen de cuevas como la de Altamira. Imagino a aquellos seres que empezaban a ser humanos inventando pigmentos (ese impresionante rojo de óxido de hierro o el negro de carbón vegetal); les imagino inventado pigmentos y escrutando el relieve de la piedra para aprovecharlo en las pinturas que todos conocemos. Aquellos seres humanos que apenas sabían hablar, que sólo estaban en el inicio del pensamiento, aquello sí supieron decírselo y pensarlo: que tenía que haber algo más que la estricta realidad; que a la pura y dura realidad había que oponerle una visión que contuviera la dulzura de lo estético, el amparo de lo ético,  la orientación de lo trascendente. Eso sí supieron pensarlo aquellos seres humanos; es más, creo que se hicieron humanos precisamente porque lo pensaron.

Con semejantes inicios lo que llamamos Cultura tendrían que estar, en nuestras sociedades, en el “cielo” de la consideración, la atención,  la dedicación política y social. No creo que haya que insistir en que no es el caso. En que la Cultura se está volviendo, incluso, algo así como el “último mono”.  El último pasajero que hay que rescatar del naufragio o que incluso se puede dejar sin rescatar,  porque total, que se ahogue tampoco importa tanto.

Este tipo de visión me parece naturalmente inaceptable y además de una temeridad social absoluta. La Cultura no se puede relegar, ni parar, ni recortar, ni frenar. Hacerlo supone algo tan serio, y lo digo en serio, como perder condición humana; como desandar el camino iniciado hace miles de años en lugares como Altamira.

El frenazo a la Cultura tiene hoy su expresión más visible, más obvia, en la decisión del Gobierno de Mariano Rajoy de aplicar un  IVA  al 21% también en este ámbito. Sabemos  el descalabro que eso va a suponer para el tejido cultural de nuestro país. Sabemos que puede implicar el colapso de nuestra estructura creativa y productiva y por lo tanto de su comunicación con la sociedad, de su aportación a la sociedad. Y por eso me parece imprescindible oponerse a esa medida, y a otras de recorte, con decisión y determinación,  hasta conseguir que se revisen, que se rectifiquen.

Esta cuestión de los recortes y del  IVA es grave y urgente. Pero no es, en mi opinión, el único enemigo que tiene la Cultura. Es sólo la punta de un iceberg. Por debajo hay mucho más hielo amenazando con congelarla.

Y yo diría que el principal hielo es de cimiento, de concepción o definición.

Creo que a estas alturas ya somos conscientes del papel que la desregularización de los mercados financieros, con la que hemos convivido durante decenios, tiene en la crisis. O por decirlo de otro modo, somos conscientes ya de que la crisis es producto de una larga suma de dimisiones políticas frente a la economía; y de una larga serie de dimisiones de la sociedad frente a lo público. Y que, por lo tanto, para salir de ella hay que recuperar la decisión política y la acción ciudadana.

Pero creo que es fundamental aplicar la misma lucidez a la Cultura. Porque los mercados, la lógica desatada de los mercados, también ha sido desastrosa para la Cultura. Por la vía de reducirla a una cuestión de contabilidad y entretenimiento. Y así hemos llegado al extremo, no sólo de confundir sino de preferir la cantidad a la calidad, el precio al valor; o de hablar de Cultura para significar actividades de tiempo libre; productos de evasión u ocupación distraída del ocio. (Esto probablemente explica, entre otras consideraciones, esa posición último-monista a la que aludía hace un momento).

Tenemos que saber de qué estamos hablando cuando hablamos de Cultura, de qué queremos hablar cuando hablamos de Cultura. Porque no está nada claro ni en el debate público ni en el privado. Yo tengo muy a menudo la sensación, ante determinados discursos o instancias, en muchas situaciones y conversaciones,  que todos utilizamos las mismas palabras “culturales”, pero que desde luego no todos nos referimos a lo mismo.

Hay que saber lo que uno entiende por Cultura, lo que uno quiere por Cultura. Creo que hay que empezar por hacer un esfuerzo de definición. Y desde luego para mí la Cultura no es lo que adormece sino lo que despierta. No lo que distrae sino, por el contrario, lo que agudiza y centra la atención. Lo que nos hace crecer en herramientas y argumentos para el conocimiento y el discernimiento. Y lo que nos hace felices, en lo personal y en lo social, porque nos coloca en un vecindario acogedor, comunicativo, con la belleza, la trascendencia, la  exigencia ética.

La Cultura no es una actividad de tiempo libre, sino lo que nos hace libres todo el tiempo.

Hay pues, en mi opinión, que reforzar la decisión política en materia cultural,  pero también la definición política en el sentido apuntado. Y adaptar esa definición exigente a políticas culturales imaginativas, valientes y perfectamente reconocibles. Y esa definición exigente de Cultura hay que defenderla también más allá de la política; desde el compromiso ciudadano; desde la coherencia de la creación artística, de la producción y la difusión culturales y, desde luego, de la recepción crítica.

Vuelvo, para terminar, a Altamira. Nosotros visitamos ahora ese lugar para ver esas maravillosas pinturas. Nosotros las contemplamos; pero aquello seres humanos las hicieron. Inventaron los pigmentos, avanzaron por el suelo de la caverna (sólo había en aquella cámara 50 cm hasta el techo de piedra); concibieron sin ayuda, sin pasado, la necesidad de una trascendencia que les acompañara en el camino de la inteligencia; y las hicieron.

Es para mí otra de sus importantes, de sus emocionantes, lecciones. Hay que abandonar la actitud contemplativa hacia la Cultura y pasar a la acción. Hay que activarse. En la decisión y la definición políticas. Y en la exigencia y la coherencia ciudadanas.

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