Partidos. Iglesias convertidas en sectas

Lo que ayer se vivió en Madrid no es una consecuencia directa de LOS MERCADOS y sus especuladores, sino de la respuesta de la clase política y de los partidos a la situación creada. Lo de ayer, fue lo de menos, aunque aparentemente sea visualmente trágico. Lo importante, lo que nos hace ser marionetas sigue estando, como en al caso de los icebergs, bajo el agua.

Me muevo en un estado mezcla de mala leche, rabia, tristeza, impotencia, hartazgo, incapacidad, excepticismo que supongo que alguien más compartirá.

Me siento engañado, quién lo diría con estos años, ninguneado, silenciado, por mucho que uno escriba y hable.

Hoy, al mismo tiempo vivimos aquí una convocatoria de Huelga General no unitaria, para no perder la costumbre.

En mi entorno más cercano saltan también las chispas hasta en sectores nada nacionalistas, pero que están ya asqueados de lo que se dice y no se hace.

Mientras tanto, los partidos se han convertido en auténticas sectas que guardan sus esencias divinas y anatematizan a los pobres feligreses-ciudadanos.

Vuelvo al iceberg del principio con un largo texto de Bauman publicado ya en el año 1999. Quizás nos haga ver que de esos polvos nos vienen esos lodos. El problema es que, como en el caso de los icebergs, es difícil saber con cuál chocaremos y mientras tanto, como en el Titanic, todos seguimos bailando al son que otros tocan.

En un ensayo reciente, Jacque Attali explicó la popularidad del filme Titanic a partir de la identificación de los espectadores de esa parábola de la soberbia humana estrellada contra un iceberg -que a causa de la arrogancia del capitán y la docilidad de la tripulación, no fue tomado en serio ni localizado a tiempo- con su propia y desventurada situación actual.

El Titanic es nosotros, nuestra sociedad triunfalista, autocomplaciente, ciega, hipócrita, despiadada con los pobres; una sociedad en la que todo es predecible salvo los medios de predecir […] Todos suponemos que hay un iceberg esperándonos, oculto en alguna parte del brumoso futuro, contra el que chocaremos para después irnos a pique mientras la música sigue sonando.

No hay un solo iceberg al acecho, dice Attali, sino varios, cada uno de ellos más grande y más traicionero que el anterior. Está el iceberg financiero de la desenfrenada especulación monetaria, las imparables ganancias y las acciones desvergonzadamente sobrevaluadas. Está el iceberg nuclear… Está el iceberg ecológico… Y por último, aunque no menos importante, está el iceber social, con millones de hombres y mujeres que se harán prescindibles -carentes de función económica- durante el lapso de vida de la generación actual. La diferencia entra cada uno de estos icebergs y el que hundió al Titanic, comenta Attali con acritud, es que cuando les toque el turno de chocar contra el barco no habrá nadie allé para filmar el acontecimiento o para escribir versos épicos o líricos sobre el caos que se producirá luego.

Todos estos icebergs (y tal vez otros que por el momento ni siquiera podemos nombrar) flotan fuera de las aguas territoriales de cualquier electorado de ‘los grandes del mundo’; no es raro, entonces, que la gente a cargo del control político se muestre plácida o poco alarmada por la magnitud del peligro. Pero esa gente no hace nada porque tiene una razón más importante que la ecuanimidad surgida de la falta de interés: “Los políticos ya no están al timón del barco que navega a toda velocidad”. Aunque quisieran, no podrían hacer demasiado. (En busca de la política; pag. 179-180)

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