Rue de l’Odéon

AUTOR: Adrienne Monnier

TRADUCTOR: Julia Osuna

ISBN: 978-84-938568-4-7

Gallo Nero Ediciones

Bienvenidos a La Maison des Amis des Livres en el número 7 de la Ruede L’Odéon. Adrienne Monnier nos abre las puertas de su mítica librería y nos cuenta los secretos de los clientes habituales que la frecuentaron: Joyce, Beckett, Rilke, Prévert, Hemingway, Proust, Breton, Gide y muchos otros.
París, 1915. Mientras la guerra irrumpe en la tranquilidad del otoño, el sueño de una joven inconformista se hace realidad: en el corazón del Barrio Latino, cuna de la experimentación literaria, la emprendedora y valiente Adrienne Monnier abre La Maison des Amis des Livres, la librería que marcaría la vida intelectual del París de la primera mitad del siglo xx. Rue de L’Odéon nos ofrece un retrato y un testamento personal y profesional de una mujer que dedicó treinta años a la literatura con creatividad y pasión y que fue, junto con su íntima amiga Sylvia Beach, una de las protagonistas más destacadas de aquella época dorada.


La librería cerrará en 1951. Después de treinta años de intensa actividad, Adrienne se retira de la escena cultural, pero sobrevive en estas páginas de memorias dedicadas a quien ama los libros y París y a los que sueñan todavía con entrar en La Maison des Amis des Livres y rebuscar en sus estanterías mientras escuchan en vivo a Erik Satie.

Adrienne Monnier (1892-1955) fue escritora, librera, editora y bibliófila. Su actividad literaria y profesional floreció y resistió durante el delicado periodo de la historia que abarca dos guerras mundiales y una ocupación. Junto con Sylvia Beach, amiga y amante, dueña de la vecina librería Shakespeare & Co., fue una inquieta animadora de la vida cultural de la mítica Rive Gauche y una fervorosa defensora de la causa feminista. Aquejada gravemente del síndrome de Ménière, que se mostró inflexible a todo tipo de tratamiento, Adrienne se suicida el 18 de junio de 1955

Algunas citas breves de esta pequeña delicia que recomiendo.

– Las cantidades no han de inundar, o al menos no por mucho tiempo, los espacios reservados a las calidades, aquellos donde los combates se libran casi por completo en la inteligencia, y lo menos posible en la materia; donde el hombre no cede ni cuerpo ni terreno salvo a los que merecen cuerpo y terreno; donde las decisiones se toman sin demasiada complacencia en el yo, pues es la complacencia fuente de los peores desórdenes.

Todo lo que he dicho se refiere a la librería, claro está. (pag. 47)

– El espíritu nuevo…, pero si el espíritu siempre es nuevo… Son las formas en las que se encarna y que deja a su paso  las que envejecen. La invención sin respiro acumula los desahucios y ni tan siquiera le da tiempo a la sorpresa de ser sorpresa. (pag. 96)

– No tiene sentido  defender algo que se defiende muy bien por sí solo, ayudar a lo que es mucho más poderoso que tú. Me viene a la cabeza una anécdota. Un día, hará de esto doce años, un joven novelista. bastante conocido ya por entonces, me dijo mientras observaba mi escaparate: “Mejor aharía en poner mi libro, que se vende como pan bendito, en vez de esas poesías de Mallarmé que nadie comprende”. Como imaginarán le respondí que si su libro se vendía como pan bendito, entonces no tenía ninguna necesidad de mí, y que podía dejarle a Mallarmé el modesto beneficio de mi modesta casa. (pag. 230)

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