Perder lo significativo en la masa de lo insignificante

La cantidad impresiona, y cualquiera la puede apreciar a simple vista. La calidad no es tan obvia, ni fácil de apreciar. Como si fuera poco, la cantidad es más fácil de producir, menos trabajosa, más barata, menos arriesgada que decir: Esto no.

…No existen máquinas capaces de apreciar, distinguir, destacar, lo significativo, como saben los reporteros que graban muchas horas de un entrevistado, y luego tienen que decicar otras tantas (y más) para escuchar todo de nuevo y escoger lo que vale la pena. En el Archivo de Babel, las obras valiosas estarían conservadas, pero tan perdidas como si no existieran. Haría falta una eternidad para ponerse a ver todo y descartar, una por una, las infinitas obras que merecen el eterno descanso de seguir perdidas.

Conservar todo es una incuria que causa un nuevo tipo de estrago: perder lo significativo en la masa de lo insignficante. Conservar todo es perder todo. (Gabriel Zaid; El secreto de la fama; pag. 81-82)

El exceso que era y sigue siendo

Otra de hace diez años que….

Obviamente, con la avalancha de novedades mensuales que ofrecen las editoriales para su comercialización, no hay espacio físico que pueda abarcarlas. Ni las más grandes megastores norteamericanas o europeas podrán, en algún momento, tener todos los libros que salen al mercado. deberán seleccionar o, peor aún, devolver a los almacenes del editor esas novedades cuando todavía no han cumplido unas pocas semanas en las mesas de exhibición. Siguiendo el razonamiento, en las librerías (grandes o pequeñas, profesionales o espacios de libros en centros comerciales o supermercados) sólo podrá haber un reducido número de libros ofertados, en tanto la enorme mayoría de los títulos publicados dormirán su sueño, rara vez interrumpido, en los almacenes de las editoriales o pasarán por las máquinas de reciclado de papel. Esto es una realidad hoy, y será una pesadilla para el mundo editorial en muy poco tiempo. Nudelman, Ricardo en Varios; El libro y las nuevas tecnologías; Solar editores; pag. 137)

Los peces no cierran los ojos

Imanol es un apasionado de Erri De Luca y dice por ahí que, sin quererlo y en parte debido a mi ‘ceguera’ la culpa la tengo yo cuando le pasé un libro del autor editado por Siruela.

El otro día, en una gozosa razia que pudimos hacer, él más que yo, me devolvió el favor al poner en mis manos Los peces no cierran los ojos.

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Al escribir ahora esto, este libro me lleva al recuerdo de otro libro que no tiene nada que ver más allá de la complicidad y la asociación que nuca sabe uno como ni por qué llega.

Lo leí, lo disfruté la misma tarde del viernes en el que realizamos nustra ‘salvaje’ incursión.

Aquí os dejo algunos retales, pero cada uno encontraréis los vuestros:

– Primero me había enjugado las manos en el mar, después cebé el anzuelo y lo lancé lejos, empujado por el plomo. Confié la pesca a la yema del dedo índice y me fui detrás de los pensamientos, que llegan desde lejos y se van al mundo de las olas con la barca. Pasan por debajo y hacen que se balancee. (pag. 84)

– – No nos arrastremos tras una promesa para traicionarla. Sabemos perfectamente que no volveremos a vernos. Y si ocurre, seremos diferentes y no nos reconoceremos. Cambiarás de forma y de voz, los ojos de pez no, quizá te reconozca por ellos. Ahora vámosnos a casa. Después pasaremos juntos la última noche.

    – ¿Te marchas mañana?

    – Sí.

   Hoy sé que aquel amor cachorro contenía todos los adioses siguientes. Ninguna se detendría, yo no conocería las bodas, nada de codo con codo ante un tercero que pregunta: “¿Quieres tú?” El amor sería una parada breve entre los aislamientos. (pag. 110)

– – Entonces, ¿te gusta el amor?

   – Es peligroso. Provoca heridas y después, a causa de la justicia, más heridas. No es una serenata en el balcón, se parece a una marejada de ábrego, revuelve el mar por encima y por debajo lo remueve. No sé si me gusta. (pag. 120)

– La riqueza engalana espacios que luego deja vacíos. (pag. 93)

Lentitud, profundidad y empatía

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No sólo el pensamiento profundo requiere una mente tranquila, atenta. También la empatía y la compasión… las emociones superiores surgen de unos procesos que son ‘inherentemente lentos’… Se necesita tiempo… para que el cerebro ‘trascienda más allá de la participación inmediata del cuerpo’ y empiece a entender y sentir ‘las dimensiones psicológicas y morales de una situación’… Cuanto más distraídos nos volvemos menos capaces somos de experimentar las formas más sutiles y más claramente humanas de la empatía, la compasión y otras emociones… Si las cosas están sucediendo demasiado rápido, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas… No sería aventurado sugerir que, a medida que la Red redibuja nuestro camino vital y disminuye nuestra capacidad para la contemplación, está alterando la profundidad de nuestras emociones y nuestros pensamientos…

Lo que importa al final no es el camino, sino el destino. En la década de 1950, Martin Heidegger señaló que la amenazante ‘marea de la revolución tecnológica’ podría ‘cautivar, hechizar, deslumbrar y seducir al hombre hasta tal punto que el pensamiento calculador algún día pudiera llegar a aceptarse y practicarse como la única manera de pensar’. Nuestra capacidad de embarcarnos en el ‘pensamiento meditativo’, que para Heidegger era la esencia misma de nuestra humanidad, podría convertirse en una víctima del progreso más atolondrado.

(Nicholas Carr; ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales; pag. 265-266 y 267)

Esa cosa que hay que le dicen

La frase me la proporcionó una estupenda amiga con soltura de verbo e ingenio a raudales para dejarte clavado en cualquier momento con una expresión inesperada y certera.

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De qué va ‘Esa cosa que hay que le dicen‘. Pues del libro, la lectura, lo que se mueve en torno a ella y con algunas pizcas de cultura y política.

Ahora que ando con tiempo, por ahora, había pensado que quizás para alguien fuera útil el ofrecer diariamente información que recojos sobre los temas señalados de distintos, blogs y páginas que sigo.

Quienes deseen suscribirse verán que diariamente se actualiza la información y quizás les pueda valer para tener un vistazo general de lo que para un humilde servidor es más significativo informacionalmente entre lo que se mueve por las redes.

Se admiten sugerencias de fuentes. Sólo pido que sean sindicables para poder seguirlas con facilidad.

Y el título.. Creo que casi sobran las explicaciones. Se dicen tantas cosas sobre el libro, el sector, la lectura. Tan distintas. Tan poco contrastadas en ocasiones que al final parece que hablamos de ‘eso’, de ‘Esa cosa que hay que le dicen’ que casi ya ni sabemos lo que es o que creemos que nos lo sabemos tan bien que estamos ciegos para otras miradas.

Lo dicho: cualquier sugerencia será bien recibida.

Espero que mi amiga y algún otro que se quedó con la copla de la ‘frasecilla’ no se enfaden por su uso.

http://paper.li/f-1357590569

¿Dónde está el problema?

Parece que uno de los problemas de los editores está en el mismo punto, y aumentado, que en el que estaba ya hace más de diez años.

“En el futuro, lo más importante será encontrar filtros que funcionen de intermediarios entre el editor y el lector, función de la que parece haber abdicado la industria por la necesidad de publicar; más que venderse, los libtos deben estar disponibles en todos los puntos, lo que conduce a que las editoriales cumplan cuotas de producción donde la calidad deja de ser el objetivo prioritario. Los editores… Pueden llegar a confesar, cuando cae la noche y se resisten a mentir(se), que de las ciento veinte novelas que publican al año sólo quince o veinte merecerían ser compradas, algo que nunca dirían tras su escritorio, a plena luz del día. Esta situación es resultado de las transformaciones que experimentó la industria editorial en el siglo XX, periodo en que la distribución acabó por imponerse sobre la producción, y el criterio comercial avasalló a la creación literaria. En este nuevo orden económico, el editor pierde importancia y el marketing se vuelve el factor principal, lo que ha provocado que durante las dos últimas décadas surja en la industria el fenómeno de la sobreactuación. Como si se tratara de una mala obra de teatro, los editores sobre actúan ante el lector; dicen sin rubor, para imponerse a la competencia, que sus libros son verdaderas maravillas, a sabiendas de que es mentira. El problema más grave que afecta actualmente a la industria editorial es su falta de autocrítica, su permanente autojustificación con el pretexto de que, si ignora las leyes del mercado, terminará por desaparecer. Hablar de la muerte del libro es un falso debate porque su existencia se ve más amenazada por la sobreproducción de títulos que por los adelantos tecnológicos. Y aquí, de nuevo, su destino podría estar unido al de Internet, ya que ambos afrontan el mismo peligro; producir, por producir, sin coherencia y sin sentido.”[1]


[1] Ollé-Laprume, Phillippe en Varios; El libro y las nuevas tecnologías; Solar editores; pag.46-47