Redes de complicidad

El oxígeno madrileño me ha venido bien. Esto me decía ayer una amiga y es verdad.

Tengo por otro lado más tiempo para mí, para estar con la gente y para echar una mano al ‘estilo artesano‘.

Redescubro las conversaciones tranquilas y lo insustituible del ‘cara a cara’ que valen lo mismo para llenar tu morral de una buena recomendación lectora que para arreglar un descosido cercano.

Todo ello se mueve en la lógica comunicacional del cara a cara, del boca a boca o del boca oreja, pero para mí, quizás sea un antiguo, la presencialidad o la voz al otro lado del teléfono son los medios ideales muy alejado de las ‘redes seudosociales’ y poco comunitarias que a lo más son un apoyo ‘light’.

La complicidad requiere tiempo, es selectiva, se mueve mejor en la profundidad que en la superficie y es, por lo tanto, finita para cada uno de nosotros, pero inmensa en los guiños que los demás nos ofrecen como celestinas o nodos de comunicación hacia otros y hacia nosotros.

Pienso ahora en el sector del libro, a cuenta de una conversación mantenida ayer por teléfono. Hablaba con mi interlocutor y amigo sobre la situación de las librerías y de los cambios que en su estructura asociativa  van a tener que abordar en los próximos meses y en la realidad librera que en mi última visita a Madrid me dejó (pre)ocupado. Quedamos en la posibilidad de ‘echar una mano conversacional’ a una librería.

Pienso en la conversación mantenida hoy a primera hora de la mañana de la que vuelvo sosegado y reconfortado y que tendrá su continuación por otra vía hoy a la tarde.

La palabra y la mirada, elementos básicos para poder leer las situaciones, se vuelven a convertir en mediadores básicos.

La una sin la otra valen poco. Basta ver hacia dónde miraba Cospedal, no a los ojos, en su última entrevista o a Mariano usando la mediación audiovisual para no abordar el cara a cara.

En el sector del libro pasa también algo de esto. Los agentes no se sientan de verdad cara a cara, con sus vergüenzas al aire, sino que se mueven sibilinamente utilizando a menudo los entramados institucionales para escapar de la propia realidad.

Son momentos de cambio, siempre lo son. Pero todo seguirá igual si no se acierta con el ‘cómplice adecuado’ para reiniciar el camino.

Las urgencias para llevar adelante el proceso no son buenas compañeras. Los atajos no se sabe a dónde llevarán a veces y las falsas creencias nos esconderán la realidad.

Quién o quiénes serán los primeros que reconocerán que la estructura asociativa es insostenible y caduca. Quién pondrá sobre la mesa que cuando hablamos de ‘libro’ en el fondo no sabemos de lo que estamos hablando, quién reconocerá que su situación si se mantiene el modelo no aguanta ya este año.

Igual que es necesaria cierta catarsis social, la catarsis y el cambio en el sector de la palabra, una de las mediaciones cómplices es básica, sino las palabras se las llevará el viento y con ellas y con él desaparecerán muchos de sus mediadores.

El tiempo dirá quiénes están en el mismo barco.

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