Ecosistema del libro cultural, negocio y beneficio

Siguiendo con esta línea de preguntas que no quieren respuestas mentirosas y que vienen alimentadas en parte por lecturas recientes, aunque en algún caso los textos tengan unos años, aprovecho para traer reflexiones de Eric Hobsbawm en su libro Un tiempo de rupturas.

Las citas son del capítulo 8 que lleva por título Política y cultura para un nuevo siglo y está escrito en el año 2002. Algunos, los falsos novísimos, lo considerarán un texto viejo y, en mi opinión, se equivocarán ya que piensan que lo único que existe y ha existido es el discurso generado desde que ellos empezaron a hablar.

En una agradable comida que hoy he tenido he podido comprobar, además, que esto parece pasar también en otros sectores de la cultura. Es decir: antes de nosotros solo, o casio, existió o el diluvio o el erial.

Las tres citas, indirectamente, plantean interrogantes relacionados con el título de esta entrada.

Hablo por ello, intencionadamente, de libro cultural para distinguirlo de otros contenidos que viajan también en lo textual o por imágenes, pero que nada tienen que ver con el libro cultural. Basta con coger la sencilla clasificación del comercio interior y ya en trazo gordo sabréis a qué me refiero.

Y hablo de ello porque la lógica de la reflexión que Hobsbawm plantea hace refrencia a lo que adjetiva y da sentido en este caso: lo cultural.

Así que ahí van las tres citas para seguir rumiando sobre el hacia dónde ir no confundiendo churras con merinas.

Pero no seamos anacrónicos. En el ámbito cultural, el concepto moderno de ‘mercado’ -en cuanto búsqueda indiscriminada y globalizadora del beneficio máximo- es bastante nuevo. Hasta hace unas pocas décadas, las artes no eran como el resto de productos, ni siquiera para quienes obtenían beneficios de ellas en calidad de inversores o empresarios. Comerciar con arte, publicar libros, financiar nuevas obras teatrales u organizar las giras internacionales de una gran orquesta no eran trabajos que uno desarrollara porque se demostraba que daban más beneficios que la lencería femenina. Duveen o Kahnweiler, Knopf o Gallimard no se habrían dedicado a la ferretería porque esta hubiera sido más lucrativa que comerciar con arte o publicar libros. Es más, el concepto de una tasa universal de beneficio a la que toda empresa debe ajustarse es un producto reciente del mercado libre globalizado, como el concepto de que la única alternativa a cerrar el negocio es un crecimiento ilimitado. (pag. 57)

Hoy somos testigos de cómo la economía mundial, por la vía del libre comercio obligatorio, puede reforzar el dominio de una industria establecida en todo el mundo, con la cual no puedan competir las producciones culturales nacionales de otros países. (pag. 63)

No podemos abandonar los intereses de la cultura en manos del mercado libre, como no podemos abandonar los intereses de la sociedad. (pag. 65)

Nota final. espero que a mi buen amigo Rafa le sigue pareciendo interesante estos intentos de ‘deconstrucción’.

 

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