El libro y el peligro de las metáforas

Se me han cruzado estos días algunas lecturas que puede que me hayan provocado un cierto ‘cruce de cables’, pero que creo que marcan en su cruce un llamada de atención, por lo menos así lo veo, sobre esa intención que algunos parecen tener de llamar libro a casi todo.

Hablamos del libro electrónico al fin y al cabo utilizando una metáfora, pero hay que tener cuidado con las mismas porque a veces las metáforas las carga el diablo.

Las lecturas a las que me refiero son las siguientes:

– Donald A. Norman; El ordenador invisible; Paidós 2.000

– Bernat Ruiz Domènech; La distribución digital de libros, en la encrucijada; en Trama&Texturas 22

– Martín Gómez (El ojo fisgón); Lectura y candy crush

– Enrique Bustamante; España: La cultura en tiempos de crisis; Fundación Alternativas

– Laure Martin; El porqué un libro siempre será mejor que un kindle

La chispa me saltó leyendo el ordenador invisible en sus páginas 201 y 202

Las metáforas son erróneas por definición. Después de todo, ¿qué queremos decir cuando diseñamos por medio de metáforas? Queremos decir que intentamos encontrar un elemento que oriente el diseño, algo que ya existe y que creemos que los usuarios conocen bien. Los procesadores de texto son como las máquinas de escribir. La imagen de la página es como una hoja de papel. El fondo de la pantalla de mi ordenador es como un escritorio… Pero no es así. Los objetos de la pantalla del ordenador no se parecen en nada a los objetos reales cuyos nombres comparten. Las metáforas son un intento de utilizar una cosa para representar otra, siendo esta otra diferente. Pero si es diferente, ¿qué utilidad pueden tener las metáforas?

Pues, probablemente en ocasiones intentar engañarnos o intentar darnos gato por liebre. El libro se considera un elemento de valor. Situemos por tanto desarrollos tecnológios bajo esa órbita de valor.

El problema se aguida cuando la metáfora quiere convertirse casi por obligación o dogma en el sustituto de lo nombrado realmente.

Laure Martin dice:

La vida avanza deprisa y que todo el mundo parezca gravitar hacia una vida llena de pantallas electrónicas y conexiones sin cables, no significa que tengas que dejar todo atrás. Guarda algo del pasado; mantén las buenas cosas con vida. Disfruta de las decadentes y simples bellezas que el hombre crea, en vez de ceder ante todos los avances que las masas dicen ser mejores. El Kindle puede que sea el futuro, pero todavía hay un montón de cosas que no puedes hacer con él.

Cuando además, según Bernat, no parecen aportar realmente nada nuevo

Ni los dispositivos ni los formatos poseen el poder disruptivo que les suponíamos. Dispositivos y formatos son actualizaciones del concepto analógico de libro, prótesis tecnológicas para seguir leyendo casi de lamismamanera que durante los últimos quinientos años –para que un formato sea algomás, el contenido que codifica debe ser concebido como algo más–. Sin mayores cambios, las únicas mejoras han sido cuantitativas –a veces creo que un Kindle es un libro de bolsillo con esteroides– y los pocos avances realmente cualitativos han sido cosa deminorías geeks.Debemos reconocer que la experiencia de lectura del 99% de los libros que podemos leer en un e-reader es (casi) la misma que la de un libro de papel.

Estas tres primeras pinceladas son, me atrevería a decir, el cascarón de la metáfora. Me viene ahora a la memoria el Congreso de Libro electrónico de Barbastro en donde alguno pretendía dar gato por liebre aprovechando la metáfora libro convertida en máquina electrónica para saltar de la cultura al entretenimiento.

Y aquí es donde viene el juego del trilero que referido a la lectura Martín deja esbozado con ciertas dudas que comparto.

Dicho lo anterior, me pregunto qué capacidad tiene actualmente la lectura inmersiva de competir con las otras formas de consumo de contenidos —muchas de las cuales pueden disfrutarse tanto socialmente como en solitario a través de dispositivos multitarea—. Con frecuencia se tiende a creer que experiencias como ver una serie de televisión o jugar un videojuego para dispositivos móviles resultan menos exigentes, son más efímeras y ofrecen una gratificación más inmediata que la lectura. Supongo que los argumentos para validar o rechazar esta creencia tendrían que tener en cuenta aspectos como las características de los contenidos y los procesos cognitivos de los que es necesario echar mano para consumirlos.

A partir de lo que veo en mi entorno, sospecho que en este momento la lectura inmersiva podría estar perdiendo la batalla frente al consumo de otros tipos de contenidos —lo cual no significa que tenga absolutamente perdida la guerra—. Hay un número creciente de actividades asociadas al consumo de contenidos que vienen quitándole a la lectura inmersiva el lugar que alguna vez ocupó y que quizás difícilmente podrá volver a ocupar. A través de la televisión, las consolas de videojuegos, los ordenadores y los dispositivos móviles estamos accediendo a diferentes tipos de contenidos que podríamos decir que nos alejan de la lectura inmersiva. Sin embargo, dicen que debido a la gran cantidad de contenidos escritos que se están produciendo en la era de Internet nunca se había leído tanto como en los últimos años.

La puntilla la pone Enrique Bustamante en su reflexión más global y en este caso con más sentido sobre la cultura.

Todas las certezas del pasado parecen temblar ante tales embates. Para el pensamiento neoliberal, porque acumula décadas de cuestionamiento del papel activo del Estado en el sostenimiento de un espacio público en la cultura, para mejor predicar su consiguiente subordinación a las leyes del mercado. Para el pensamiento progresista, porque conceptos como los de entretenimiento, ocio, creatividad, contenidos digitales y otros similares han ido permeando y erosionando las viejas concepciones sobre la cultura como derecho, tiñendo sus políticas también de tendencias mercantiles.

Así que haciendo el proceso al reves; es decir, empezando en la informática y terminando en la política cultural, sólo se me ocurre un un consejo: cuidadito con lo que decimos y con lo que otros dicen que las palabras las acaba cargando de sentido el dólar. Y, al final, ‘esa cosa que hay que le dicen’ acabará siendo lo que ellos quieren que digamos.

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