Anhelo, deseo, asombro, lentitud…

Mi amigo Marc me recomendó un librito, Pequeña teología de la lentitud, de José Tolentino Mendonça y editado por Fragmenta editorial que terminé ayer de leer.

Lentitud, espera, cuidado, compasión, alegría, gratitud, contemplación, muerte, deseo, encuentro… van siendo desgranados en breves capítulos, no más de cuatro páginas, a lo largo del libro.

Ideal para una lectura reposada y después de cada capítulo parar y darle una vuelta quizás incluso mientras paseamos.

No me resisto a dejaros aquí algunos párrafos de las tres últimas páginas.

Bendito el futuro que se ría de nosotros por haberlo confundido todo: el desplazamiento con el viaje, la aproximación con el encuentro, la propiedad de las cosas con su uso, la acumulación de bienes con su sano disfrute… Bendito el futuro en que las tecnologías dejen de ser un fetiche en manos del mercado… Bendito el futuro que nos inspire modos de existencia más auténticos, más atentos con el ser humano, pero también con el resto de criaturas…

Aún anhelo algo más: que la humanidad… se deje desconcertar por el inefable esplendor de cada amanecer; que se quede sin palabras ante el mar, como aquellos que lo vieron por primera vez; que se sienta irresistiblemente atraída por la variedad de colores, volúmenes y fragancias del paisaje diurno y nocturno;… que mantenga la capacidad de asombro ante la manera que el viento arrastra nuestrs voces felices en la distancia… Deseo fervientemente que la humanidad del futuro saboree la turbación por lo que permanece abierto no por escasez, sino por exceso, y no se apresure a catalogar, describir o apresar. Que su forma de comprensión sea una nueva manera de mantener intacto (o de aumentar incluso) el asombro.

 

 

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Nuestra historia de Pedro Ugarte. Un libro humano

Con todo el cariño y a modo de ‘guiño humano’ para Pedro Ugarte y Juan Casamayor.

Nuestra historia, editada por Páginas de espuma, ha sido una de las lecturas que me ha acompañado en mi último viaje.

Me ha gustado. He disfrutado. He tomado mis notas particulares. Me ha traslado a recuerdos de situaciones cotidianas, a pensar… “esto lo tiene que leer fulana, le gustará”.

El libro, además de estar lleno de vida cotidiana, que es donde la humanidad se hace real y se encarna, es de manera caprichosa e inesperada de ese reflejo de no perfección humana, como si las páginas hubieran entendido también de qué va esto.

Así, en la página 34 se lee:

Las cosas no pueden ir siempre bien. Los seres humanos no estamos preparados para eso. Cuando ocurre, todo se vuelve un tanto incómodo. Lo perfecto no es natural, no es lógico. Lo perfecto, en realidad, es imposible.

Y, como si las propias páginas quisieran reafirmar lo escrito, justo en la anterior, la 33, encontramos un rastro de esa pequeña imperfección que rubrican la humanidad también del texto y el soporte que parecen querer seguir la estela que marcan tanto Pedro como autor y Juan como editor..

Lo dicho, para alguien que no es crítico, y sí un simple lector… un disfrute y la constatación, por suerte, de que todavía hay personas humanas e imperfectas en los procesos creadores naturales.

 

Teresa Benéitez de A Fin de Cuentos en Bilbao. Entre la emoción de ser editora y el terror de ser empresaria.

Aunque no figure en el Plan de Negocio, todas las apuestas empresariales tienen al lado de los estudios de mercado y, justo a la derecha de los números del plan económico-financiero, un apartado dedicado a los sueños locos. En caso contrario, al menos a mí, me hubiera costado mucho atreverme a levantar la persiana de A Fin de Cuentos.

Me llamo Teresa Benéitez y creé oficialmente A Fin de Cuentos, una editorial dedicada a niños y jóvenes, hace 3 meses; extraoficialmente trabajo en ella desde abril de 2016. Lo hice porque quise darme una oportunidad, o mejor dicho, la gran oportunidad de elegir dedicarme a lo que me gusta. Algunos pensarán que eso solo lo pueden hacer los privilegiados. Y desde luego puede entenderse así, pero como decía la artista Carmen Calvo en una reciente entrevista publicada en El País, “elegir es asumir un gran riesgo”. O sea que aquí estoy, columpiándome entre la emoción de ser editora y el terror de ser empresaria.

Desde pequeña me gustó mucho leer. Tanto que fantaseaba con ser escritora. Y la verdad es que no lo hacía mal, pero siempre fui demasiado vaga o quizá me faltó determinación, para intentarlo en serio. Eso sí, la fascinación por los libros me quedó para siempre. Casi se puede decir que aprendí a leer con una colección de cuentos de la editorial Bruguera dedicada a los cuentos clásicos. Y mira por donde, he acabado atrapada en ese “barrio” de la literatura.

La culpa la tuvieron mis tres hijos. Con ellos volví a sumergirme en la literatura infantil. Pasaba ratos en las librerías buscando libros para ellos y fui descubriendo historias tan hermosamente editadas que, de una forma todavía no muy clara, supe que quería formar parte de ese grupo de editores valientes. Pero la vida es tan hermosa como impertinente y tuvieron que pasar todavía un montón de años y un montón de cosas para que llegara ese momento.

Soy tan nueva en todo que no puedo dar lecciones a nadie en lo que respecta a mi oficio.

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“Mirar por la ventana es escribir también, ¿verdad?”

He disfrutado y me han emocionado los dos útlimos artículos de Elvira Lindo, Días de mudanzay de Antonio Muñoz Molina, El mensajero del más allá

Os animo a leerlos.

Elvira Lindo dice-escribe:

(los libros) Cada uno de ellos disfrutó de momentos de gloria en este calendario arbitrario y sentimental que conforman las lecturas, las pinturas, las ilustraciones. Más cajas, cajas de compactos, porque somos habitantes sentimentales de un tiempo en el que aún se escuchaban los discos de principio a fin.

Escribe Antonio Muñoz Molina:

Dice que se queda mirando por la ventana de su casa y que su novia le pregunta, qué haces, y él contesta, escribir,  y ella se extraña y hasta se burla, ¿escribir mirando por la ventana? “Mirar por la ventana es escribir también, ¿verdad?”

Ha sido leerlo y venirme a la memoria mi padre y sus largas horas que por motivos de salud pasaba en casa. Una parte amplia del tiempo la pasaba cuando podía apoyado en la ventana abierta, con un cojín sobre el marco para que pudiera estar más cómodo y disfrutar de su mirar y escribir la vida a su manera.

Ello le convirtió, quizás ya venía de serie, en un observador perspicaz, de análisis fino y agudo y conversación tranquila, atento siempre a los detalles y a regalar y compartir su tiempo en largas y sosegadas conversaciones.

Mientras otros iban pasando por la calle y él se pasaba días y meses sin pisar la calle, iba escribiendo e interpretando la vida. No sólo la que ocurría debajo de la ventana, sino toda la realidad social y política.

Era, también, su forma de escribir.

Me costó unos cuantos años comprenderlo y, luego, algo más coger el ritmo de lectura vital de su escritura.

La tres catorce, libros inmortales. En Mi petit Madrid

Tengo amigas y amigos en el proyecto de La tres catorce.

Sigo lo que hacen. Sugiero alguna vez y les doy bolilla. Lo siento como mío porque son parte importante de mi vida y La tres catorce es parte de su contexto vital.

Así que me ha encantado el reportaje cariñoso que Sol Alonso les ha hecho en Mi petit Madrid que, por cierto, me ha descubierto o puesto en la pista en alguna otra ocasión de librerías y proyectos sugerentes.

El texto empieza así:

El significado de la expresión “Hacer la 13 / 14” no tiene nada de halagüeño. Es una manera de expresar el fraude inmerecido, el engaño por sorpresa que nos impide reaccionar de puro enojo. Lo vivieron cuatro amigos a punto de pasar por un trance semejante, que al salir airosos finalmente, cambiaron la expresión para dar nombre a su negocio de libros de segundas o terceras manos. ¿Hay algo más inmortal que la letra impresa?

El local era perfecto y en su holgado escaparate figuraba un letrero con el teléfono del alquilador. Zona animada y comercial, ambiente de barrio y la frecuentadísima calle de Ponzano a la vuelta de la primera esquina. Paloma Tortajada, periodista, Manuel O. y Jorge Portland, editores, junto a la escritora mejicana Alejandra Díaz Ortiz (de izquierda a derecha, en la ilustración), acudieron a la cita con el alquilador de aquel espacio perfecto para sus planes: “Fue todo bastante extraño, porque apenas nos vio nos entregó las llaves. Tan apresurado todo que nos dijimos: “¿Nos estará haciendo la trece catorce?”, recuerda Alejandra. El trato se cerró mejor que bien, y desafiando conjuros, decidieron llamar La Tres Catorce a su incipiente negocio, mucho más cerca de  Pi, ese afamado número que viene fascinando a los matemáticos desde el año 2000 antes de Cristo.

Los 4 grandes lectores comenzaron aportando sus propios libros. Era la salida perfecta para ese punto en el que en casa ya no les cabía uno más. Y si ahora aceptan donaciones, seleccionando siempre “buen estado y calidad”, otra gran verdad es la frase que sirve de subtítulo: “No solo libros”.

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Jorge y Bego de La esquina del zorro en Madrid. Pequeños Quijotes del día a día

Somos Jorge y Bego

Trabajamos en La esquina del zorro, situada en la calle Arroyo del olivar 34, en el popular barrio de Vallecas –Madrid-, librería que viene funcionando desde el año 2011. Y también en la editorial Desacorde Ediciones, con la misma dirección, y que viene funcionando desde 2012.

La idea de poner en marcha estas dos iniciativas vino motivada por el hartazgo que nos producían nuestros antiguos trabajos, y por el deseo de libertad. La libertad del que busca con su esfuerzo y desvelo un día a día que repercuta positivamente tanto en la sociedad como en sí mismo. Bueno y lo de disfrutar trabajando también, porque nos encantan la literatura y la música, así que intuíamos que disfrutaríamos de lo lindo, como así ha sido.

Consideramos que nuestra apuesta profesional e
s arriesgada y que alguien con cabeza la descartaría de raíz. Sin embargo, y puesto que se caracteriza fundamentalmente por el amor por lo que haces y por la inconsciencia, nos venía que ni al pelo. Ahí radica la libertad de la que hablábamos antes, en el hecho de sonreír y en tomar decisiones en las que el aspecto económico sea lo menos importante.

Nos gusta  porque nos da la oportunidad de conocer a artistas a los que admiramos, porque jamás dejamos de aprender, porque tenemos línea de comunicación abierta con nuestro barrio y un espacio de diálogo abierto a quien lo demande.  

Cuando tenía doce años, Bego recuerda que en aquella época soñaba con ser veterinaria y cuidar de las vacas de su pueblo (glups!). Y Jorge con conducir uno de aquellos trenes del metro en los que tanto le gustaba montar, además de hacerse con unas muletas e impulsarse con ellas; para su desgracia aún no se ha roto un hueso, aunque ya sabe que no es un juego y que quien las lleva no se divierte lo más mínimo.

Cuando nos toca explicarle a una persona que no conocemos por qué nos gusta nuestro oficio le decimos que trabajar en algo relacionado con los libros en concreto, y con la cultura en general, te enriquece la vida.

Más allá de las apariencias, la realidad de nuestro día a día en el trabajo difiere de lo que piensa la mayoría. Por lo general la gente cree que un librero pasa buena parte de la jornada leyendo los libros que llegan a la librería y otro tanto lo pasa en animadas conversaciones literarias con los clientes. En realidad, lo que se lee son albaranes, facturas, correos electrónicos, etc. Y otra buena parte del día la pasas haciendo y deshaciendo cajas que tienes que esconder detrás del escaparate para que la librería no parezca un almacén.

Lo más raro que nos ha sucedido nunca en el mismo, ha sido cuando un viandante entró  para preguntar si el nuestro era uno de esos lugares en los que se prestan los libros, además de pedirnos que le guardásemos la comida para gatos que acababa de comprar. Aseguró que llegaría en un rato pero nunca volvió. El pobre gato debe andar bastante desnutrido y el caballero puede que aún  busque su última adquisición en la tienda de animales. Tampoco nos dejó sus señas para refrescarle la memoria.

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Momentos de cariño, ilusión, emoción y amistad…

El miércoles pasado Bilbao atardeció húmedo y desapacible.

Quizás por ello muchas fuimos a arroparnos a Sarea al calor de los amigos, la compañía y el verso.

Hubo mucha emoción contenida y desbordada. Dependió del momento y las personas. Muchos guiños cómplices.

Uno de esos pocos momentos que quedan para siempre, sintiéndote cómplice y partícipe de un instante especial.

Víctor congregó a mucha gente.

Se emocionó y nos emocionamos. Había y hay mucha vida vivida y compartida.

Ahora que en unas horas viajaré para celebrar también un momento especial mañana sábado con buenos amigos no está de más que este texto una momentos vitales significativos con un poema de Víctor de El libro de los días.

 

VERBOS

Disfrutar

Degustar

Escuchar

Retener

 

Conjugar

tu sonrisa

limpia

como el cielo azul

como tus ojos

claros