Sobremesa…

Tiempo que se está a la mesa después de haber comido

Quienes os acerquéis por aquí conoceréis mi gusto por la comida compartida y la conversación sosegada.

Si es en familia, con amigos o con personas con las que no has compartido nada hasta ahora pero a las que llegas a conocer por el ‘hilo de la confianza’ suele ser un gusto.

Si el número no es excesivamente grande, cinco puede ser un buen número, y además impar de cara a buscar desempates en posibles disputas dialécticas mejor que mejor.

Al tiempo conviene dejarlo ir pasando al ritmo que él vea conveniente.

Así hoy, M. nos ha recibido en su casa y nos ha regalado una acogida y comida que no sé si merecemos.

Hemos disfrutado del número, 5, del espacio, en la calle rodeados de verde y, por supuesto de la conversación y la compañía hasta completar una jornada laboral-conversacional completa.

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Curioso, como siempre, en una ciudad como Bilbao que no es excesivamente grande, las relaciones cruzadas que aparecen en la conversación, los conocidos comunes pero en distintos momentos o desde distintos ángulos, las distintas visiones de la jugada política actual…

En fin, el disfrute de la palabra.

En esta ocasión, no nos han hecho falta ni libros para generar conversación.

Pero sí era importante, despedirnos de la buganvilla.

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Me gusta invocar las tardes de lluvia frente a los volcanes, tengo nostalgia de la vida que transcurre como una conversación entre amigos: lenta, sin destino preciso, sin ansia de predominio, sin demasiadas ideas en litigio, con la certeza de que cada palabra, cada cosa que pasa entre ellos no importa y no es prescindible. (Ángeles Mastretta; El cielo de los leones; pag. 107)

El cuidado son los otros…

Dura tarea la de morir, cuando se ama tanto la vida. (Simone de Beauvoir; Una muerte muy dulce; Edhasa; pag. 113)

Antonio Rodríguez de las Heras, escribe casi al final de su artículo de hoy, Papel mojado, lo siguiente:

Así que la mejor forma de preservar la palabra de esta persecución fue hacerla tan intangible e invisible como la memoria, es decir, que reposara no sobre el papel, por protegido que estuviera con unas cubiertas, y en un lugar oculto, sino en la red de neuronas de los cerebros de los hombres libro.

 

Al final, menos el otro, el tú que nos hace yo y sin el cual el yo no existe que diría Buber, todo lo demás son mediaciones que seguirán mutando.

En lo fundamental de la vida, que es la falta o el dolor sobre la misma o el dolor que nos producen sus condiciones bloqueadoras de una vida plena, es el tú, los tús o unos otros que no todos, los que nos cuidan y a quienes cuidamos, con quienes intentamos preservarnos.

Escribo esto conmovido por muertes cercanas, por dolores vitales de amigos que hacen que el centro se vuelva a resituar.

Ella nunca pregonaría. “¡qué feliz soy!”. Es mucho más enigmática y mucho más clara que eso: sabe hacer felices a los otros. ¿Quién puede lo segundo sin lo primero? (Ángeles Mastretta; El cielo de los leones; pag. 227)

http://www.bez.es/908946449/Papel-mojado.html

Lágrimas

¿Por qué lloramos? ¿Por qué han llorado a lo largo de la historia, en todas las culturas, todos los seres humanos? ¿Es llorar nuestro privilegio o nuestra debilidad? ¿Nuestra fortaleza o nuestro consuelo?

Lágrimas victor_nuno

(victor_nuno)

¿Por qué me hace llorar un prado que perdió las margaritas de un día para otro, como si con su desaparición hubiera perdido una especie de tesoro privado? Como si el hecho significara algo más que la simple respuesta de unos jardineros atropellando su belleza porque saben que si las dejan secarse será más arduo cortarlas. ¿Qué me puso a llorar frente a la sencilla desolación del prado vacío como no me dejé llorar mientras caminaba bajo las casas derrotadas por el temblor en mil novecientos ochenta y cinco?

¿Por qué lloro a mi amiga, una mañana entera, cuatro años después de su muerte? ¿Cómo pude ir a su entierro con el aire desesperado, pero sin una lágrima? ¿Por qué no lloré al responderle sí, cuando me preguntó si yo creía que iba a morirse? ¿Por qué el recuerdo de mi mano seca sobre su piel de aquella tarde me hace llorar ahora, tan tarde? ¿Por qué no me avergüenzan las lágrimas cuando escucho una conversación entre mis hijos y veo cómo crecen mientras hablan? ¿Por qué no lloro cuando lucho contra el sordo temor de que los hiera esta ciudad en que vivimos?

¿Por qué a veces es más inevitable la entereza frente a lo inevitable que las lágrimas al evocar lo sencillo? ¿A cuál mar van las lágrimas que lloramos hasta el cansancio, hasta que nos riden el sueño o la esperanza.

No lloro en momentos desdichados, ni cuando hay que tomar decisiones o dilucidar destinos, lloro cuando Fátima Fernández me escribe una nota para mi cumpleaños, sobre la página del 9 de octubre en su agenda. Trae una cita de Nietzsche: “Uno debe seguir teniendo caos dentro de sí, para dar nacimiento a una estrella danzante”.

Lloro como si llorar fuera un asalto y no una decisión. Lloro hacia dentro cuando en mí está que las cosas sigan adelante, y hacia fuera cuando no importa una llorona más. He llorado hasta el cansancio frente al abandono, con tal de no darme por vencida. Uno queda extenuado tras el largo llanto y sin embargo siente un descanso. El estremecimiento de las lágrimas cuando casi aparecen porque sí, como quien atestigua un milagro: ¿ése, quién lo explica? Sólo el arte. Como las noches con estrellas, como el enloquecido tránsito de la ciudad de México, como el hecho de que seamos capaces de vivir aquí, como el vértigo de cada enamoramiento, como la llegada de una garza gris al contaminado lago de arriba, como los chocolates belgas y las tortillas recién salidas del comal, como las cascadas y los atardeceres, como la intrépida memoria: las lágrimas no piden explicación, se explican solas. (Ángeles Mastretta; El cielo de los leones; pag. 87-89)

El cielo de los leones. Ángeles Mastretta

cielo-de-los-leonesAutor: Ángeles Mastretta

Título: El cielo de los leones

Páginas: 238

Año de edición: 2005

Editorial: Seix Barral

ISBN: 84-8306-618-1

Comentario

Convertir lo cotidiano en literatura y poder leerlo es un puro placer. El mundo que rodea a Ángeles Mastreta, las personas, sus vivencias y emociones se convierten en pequeñas píldoras que no conviene leer de seguido para no atragantarse y hacer con ello que una experiencia, una vivencia, una relación tape a otra sin tiempo para degustarla.

Lectura ideal de capítulo a capítulo, noche a noche, con tiempo de sueño placentero entre medio para saborearlo.

Me tocó especialmente “Requiem por unas margaritas”. Empieza… ¿Por qué lloramos?….y termina: las lágrimas no piden explicación, se explican solas.

Pequeños fragmentos  

La paciencia es un arte. Apréndanla que premia siempre. (23)

– Entre las múltiples argucias que tiene el tiempo, está esa que trastoca en el recuerdo los sentimientos que otros nos provocaron. (79)

– Tomar en serio la vida significa aceptar firme y rigurosamente, lo más serenamente posible, su finitud. (Norberto Bobbio) (206)

– No hay duda: todo lo bueno sucede al acostarse. (16)

– ¿Quién no ambiciona alguna tarde, o siempre, la calidez como el mejor de los hechizos? (58)

Lectura y mujeres. (Ángeles Mastretta) (La frase)

Cuando un hombre me pide que le dedique un libro para él, quiero levantarme y abrazarlo. Hay un dato que me consoló mucho: los lectores de ficción son en un 90% mujeres. Cuando presenté mi libro en San Isidro había sólo mujeres. Y el dueño de la librería me dijo: La semana pasada estuvo aquí Saramago y era el mismo público, no había hombres. Ese descubrimiento no es nuevo; surgió a partir del auge de las escritoras de mi generación. (Ángeles Mastretta)