La importancia del objeto libro. Diego Moreno y Éric Vigne

Me ha resultado muy interesante la entrevista de Teresa Peces a Diego Moreno, editor de Nórdica, en Zenda libros.

Me interesa hoy poner el foco en la siguiente afirmación que es hecha por el propietario de la primera editorial española que tuvo una aplicación para el ipad y que nunca ha hecho ‘ascos’ a las nuevas tecnologías.

Dice Diego:

Nuestros libros no son libros habituales, el valor añadido de la impresión y el papel que utilizamos es muy importante y en América eso no se puede conseguir. Cuando vendes no solamente un texto, sino que vendes también una edición, el lector lo valora de veras, de hecho en América nuestros libros son un poco más caros que la media pero el lector lo valora mucho. Si utilizamos papeles normales y ediciones simplonas, bajaría mucho nuestra imagen de marca. La edición bajo demanda está muy pensada para el lector anglosajón que da mayor importancia al contenido y no tanto al continente. Yo creo que un libro bien editado aporta un plus de placer al lector. El buen vino no se bebe en un vaso de plástico, no sabe igual. En un libro, igual la experiencia de lectura está relacionada con su presencia final.

Me interesa, por un lado, la referencia que hace a la impresión bajo demanda, pensada para el lector anglosajón y que da más importancia al contenido y no tanto al continente. Recuerdo como en fechas recientes se nos ha intentado ‘colar’ por lo menos en sus titulares, la impresión del papel clave que puede jugar la impresión bajo demanda.

Me interesa el concepto que Diego maneja de ‘vender una edición’, no solamente un texto, poniendo así en valor el objeto, muy en línea en mi opinión con lo que escribe Éric Vigne en el último número de Texturas, el 32:

El objeto libro es el resultado del trabajo del editor a partir del momento en que da una existencia objetiva a un texto literario. Es un proceso que tiene lugar íntegra y exclusivamente dentro del universo literario: el editor tiene que dar con la forma material más adecuada para una escritura única y darle así el mayor eco posible. En los albores del siglo XX este desafío era esencialmente literario: en un momento en el que los procesos industriales ofrecen la posibilidad de hacer llegar estas obras a un lectorado cada vez más amplio, la alternativa entre el simbolismo, que tiende a degenerar en hermetismo para bibliófilos, y el naturalismo, que se deja tentar por los cantos de sirena del entretenimiento de una mayoría, es, a ojos de una nueva generación de editores, una trampa en la que no están dispuestos a caer.

Y me centro ahora, en el segundo comentario que hace, al señalar que ese modelo está muy pensado para el lector anglosajón, lo cual nos deja entrever que en su opinión, que comparto, existen modelos distintos, y sectores distintos en el fondo por su modo de hacer, de ver y de netender, la cultura y el objeto libro que en algunos casos sirve como mediación de la misma.

Ante un modelo anglosajón aparentemente más industrial y con menos alma tenemos también un modelo francés, como el que puede representar Antoine Gallimard que sigue afirmando: La edición es pura artesanía. Este espíritu recoge también mejor el punto 10 de las propuestas para una política cultural del que me hacía eco ayer:

Se recomienda generar y trabajar desde los tiempos y los ritmos de las personas, no influidos por valores exclusivamente económicos o por dinámicas de cumplimiento de objetivos cuantitativos (de promoción, de público, de rentabilidad…).

Y es que no todo es lo mismo ni es la primera vez que Diego pone el acento sobre en dónde se encuentra en su caso la sofisticación de su trabajo: en el papel.

 

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Crisis del libro, individualismo y falso gremialismo

Terminé ayer a la tarde de leer La cara oculta de la edición de Martin Prosper editado por Trama.

Lo inicié poco antes de la huelga general y lo he terminado dos días después.

Además de una reflexión sobre la situación hay a lo largo del texto una continua llamada a abordar los problemas y la situación de manera coordinada y colectiva.

Ahí van unas cuentas citas ya que es un asunto que desde hace mucho tiempo me parece pertinente para superar ese falso halo de ‘exclusividad’ que lleva por un lado a considerarse único y en función de ello reivindicar en muchas ocasiones trato especial, pero que en el fondo, en muchas ocasiones, esconde cierta incopetencia, falta de nivel profesional y miedo real a abordar las situaciones sabiendo, además, que eso, en muchas ocasiones favorece siempre al ‘pez más grande’.

Empiezo con el último párrafo del libro:

En primer lugar habría que terminar de una vez por todas con la ilusión de un paternalismo extemporáneo, que no es otra cosa que la máscara de un liberalismo desenfrenado donde impera la ley del más fuerte. Terminar también con el individualismo en el que se atrincheran los trabajadores del sector, por miedo a perder su coto privado de caza; por cobardía, también por conformismo. La solidaridad no es una enfermedad vergonzosa y el sindicalismo constituye un factor de equilibrio indispensable. Todos saldríamos ganando si el espíritu colectivo volviese a gobernar el fundionamiento de las editoriales grandes y pequeñas. Sobre todo en tiempos de crisis, que harán que muchas de ellas se tambaleen indefectiblemente. Pero también de cara a los desafios de su propio futuro… Mientras tanto, existe el riesgo existe el riesgo de que, como en otros sectores, la crisis económica y financiera sirva a las empresas de pretexto para precarizar y ‘hacer criba’ de los que trabajan en el sector. Razón de más para afirmar, fuerte y alto, que la ética, los derecos del hombre y su corolario, la justicia social, no están bien solo en los libros. Deben aplicarse también a los que los producen. AHORA. (pag. 100-101)

La crisis del libro como excusa paralizante.

Para quien comenzó su carrera en los años 80, el libro siempre ha estado en crisis y su muerte, anunciada. Hasta el punto de que quizás deberíamos preguntarnos si no se trata de otro mito inventado para asustarnos y, de paso, calmar los ardores reivindicativos. (pag. 53)

Cuál es la verdadera crisis del libro.

– …no queda más remedio que constatar que el triunfo de la lógica financiera en estos últimos años y su primera consecuencia, el cortoplacismo, son incompatbles con el largo aliento que una obra necesita para su maduración y que exige la construcción de los catálogos del mañana. Esta podría ser la verdadera crisis del libro: la aceleración de un modelo económico à bout de souffle, que estrangula lenta pero infaliblemente el objeto al que supuestamente da la vida. (pag. 73-74)

Y tres reflexiones sobre la incidencia de ‘lo digital’ en esta situación de crisis.

– Un aviso de Antoine Gallimard que recoge la autora: Resulta difícil discernir entre las promesas creíbles de apertura y crecimiento de nuestros mercados y las muchas fantasías que puede generar esta nueva eratecnológica. No olvidemos que en la época de la fiebre del oro los que realmente se enriquecieron fueron los vendedores de palas, de cedazos y de carretillas. (pag. 87)

– Una forma de abordarlo: la solidaridad interprofesional.

Los editores dicen querer comprometerse para ayudar a la librería independiente a encontrar su lugar en el mercado emergente de lo digital. En efecto, sería muy conveniente, tanto más cuanto que, con los grandes cambios que están por venir, su suerte está más que nunca ligada a la de los libreros. Confrontados en lo digital a actores de mucho mayor poder económico, los editores redescubren los beneficios de la solidaridad interprofesional. Haciendo de la necesidad virtud… (pag. 95)

– Qué es lo que realmente está en juego.

… lo que está en juego en realidad es una lucha por el control de los ‘contenidos’, indispensables para llenar las redes digitales. Una lucha entre los que detentan los derechos y están interesados en su valorización y aquellos que, poseyendo el acceso sin poseer los derechos, están interesados en su desvalorización. Batalla desigual, tanto por el tamaño como por el peso de los actores en escena. (pag. 96)