Nuevos territorios, nuevos límites…

Retomo una cita de un texto de Antonio Rodríguez de las Heras que lleva por título La mirilla, publicado en bez, que ya ha dejado de publicarse, pero sigue estando por ahora presente en internet.

Lo he leído a la luz de los recientes asesinatos y la variedad de reacciones que los mismos han producido y con la mirada puesta tanto en nuestras fronteras naturales como en la discusión sobre las nuevas…

El problema que estamos teniendo ahora no lo provocan las redes sociales, sino el estrechamiento exagerado de los límites de nuestro espacio de convivencia, con un auge de las múltiples formas con las que se puede manifestar el puritanismo. Cuanto más nos aprieten estos muros, más valores y comportamientos quedarán extramuros, sospechosos, denunciables, y los vigilantes parecerán más numerosos en las almenas. Una falsa sensación de seguridad. Lo que hay que procurar en nuestra sociedad de atalayas y almenas digitales es que se dilate más y más el perímetro, que los muros protectores se vean en la lejanía, y que debido a esa amplitud acogedora se instale y habite la diversidad y lleguemos a tener sensación de sociedad abierta (que es un límite al que tender, no un absoluto). Los vigilantes, aun siendo en número los de siempre, parecerán menos, pues los confines lejanos que tienen que cubrir trazan un perímetro más extenso. La Red se hará mucho más soportable

Es frecuente que mostremos alarma ante la vigilancia del ciudadano por los grandes poderes económicos y políticos en un mundo en red. No hay duda de que hay que cuidarse. Pero se da otra vigilancia cotidiana, molesta al menos, dañina en ocasiones, del vecino, que ya no vive en la misma escalera, sino que observa, intransigente y desconfiado, guardián de valores y certezas, por la mirilla de la Red.

 

Permeabilidad

… Digo todo esto para recordar lo evidente, a saber, que nuestras civilizaciones son, desde siempre, compuestas, movedizas, permeables; y para asombrarme de que hoy en día, cuando están más mezcladas que nunca, vengan a contarnos que son irreductibles entre sí y que están destinadas a seguir siéndolo. (Amin Maalouf; El desajuste del mundo; pag. 271)

Campaña

Parece que desde hoy a las 0 horas todos, menos los asesinados, estamos ya en campaña.

Momento estupendo en el que las palabras pierden sentido, las promesas perspectiva, los debates se convierten en banales y la palabra dicha valor.

Así nos pasaremos los próximos 15 días sabiendo ya de entrada que aproximadamente el 35% de la población hará oídos sordos a todo y casi el otro 65% lo haremos a todo aquello que no queramos oir.

Así que palabras e imágenes al viento para que casi nadie escuche aunque los medios y los partidos que son los que viven de esto unos por aumento de consumo y otros por aumento de puestos traducible a dinero se intentan empeñar en la tarea.

Son, en general, como los ‘malos estudiantes’ que guardan todo su esfuerzo para el apretón final. Quizás por ello casi todos acaban suspendiendo.

Creo que voy a poder disfrutar de un tiempo extra de lectura para intentar abstraerme de otras palabras vacías.

– Los curas se dirigen a su público, y también los políticos. Ambos hablan para los de su color, sus seguidores agitan su misma bandera, buscan el tibio refugio del aplauso seguro de los de su mismo color. (Anjel Lertxundi; Vida y otras dudas; pag. 58)

– Ésta es la paradoja. Por una parte, el lenguaje de los políticos, que pretende referirse a categorías reales, congela las identidades en definiciones estáticas, separa, pero no consigue individualizar. Por otra, la lengua de la poesía y la ficción, que reconoce la imposibilidad de nombrar con exactitud y de forma definitiva, nos agrupa, a todos y cada uno de nosotros, en una humanidad común y fluida, y nos otorga al mismo tiempo, identidades que nos revelan a nosotros mismos. En el primer caso, la etiqueta que nos impone un pasaporte y la identidad convencional que nos es dada bajo cierta bandera y dentro de ciertas fronteras, así como la mirrada unificadora con que percibimos a aquellos que, al parecer, comparten cierta lengua, cierta religión o cierta tierra, nos fija a todos a un mapa coloreado cruzado por longitudes y latitudes imaginarias que tomamos por el mundo real. En el segundo caso, no hay etiquetas, ni fronteras, ni finitudes. (Alberto Manguel; La ciudad de las palabras; pag. 43-44)

– Me dan vértigo esas lealtades absolutas a principios absolutos, que suenan más a inmolación que a devoción. (Miguel Sánchez-Ostiz; Sin tiempo que perder; pag. 215)

Las fronteras

He pasado felizmente, aunque cansado, esta semana manteniendo en muchos momentos hilos conversacionales que saltaban de un lugar a otro rompiendo barreras, estereotipos, fórmulas hechas y disfrutando de las ideas aportadas, contrastadas, consensuadas o también de aquéllas que todavía por falta de maduración andan colgadas.

Y en estas que me vuelvo a encontrar con Bauman ahora en sus ‘Múltiples culturas, una sola humanidad‘ y leo:

Cuanto menos éxito tenemos a la hora de mantener intactas las fronteras que hemos trazado, mayor es nuestra obsesión por dibujarlas de nuevo una y otra vez. La realidad es que, actualmente, estamos obsesionados por trazar fronteras. Cuanto menos eficaces resultan, más obsesionados estamos…las fronteras no se trazan para separar diferencias, sino justamente para lo contrario. Es el hecho de haber trazado la frontera lo que nos lleva a buscar activamente diferencias…las diferencias…adquieren además, una significación realzada, pues justifican la fronteras y explican por qué debe mantenerse intacta.  (pag 15-16)

Tengo la sensación de que algo de estos seguimos viviendo hoy.