Sobre autoedición, impresión bajo demanda y su comercialización. Seudoprocesos nada disruptivos en lo cultural

ViveLibro anunciaba ayer en su blog que había llegado a un acuerdo con Libelista para la distribución de los libros que produce. Decir ‘los libros que edita’ creo que sería utilizar el término de manera inadecuada.

Es claro que cada librería puede comercializar lo que considere más coherente primero y conveniente después para sustentar su modelo de negocio; pero no deja de llamarme la atención que una empresa de producción editorial de ‘autopubli-pagados’ ponga los ojitos en un grupo de librerías de muy amplio espectro y estas le den, aparentemente, el ‘Sí quiero’.

Esta noticia me ayuda a plantear de nuevo algunos temas que vez tras vez van quedando en el camino y que, de alguna manera parece que van unidos: las empresas de autopublicación, la impresión bajo demanda y la autoedición.

Sé que son tres cosas distintas, pero es claro que en el panorama del negocio y los intereses empresariales, no diré culturales, han ido apareciendo nuevos agentes que juntan los anhelos de personas que tienen algo escrito, que no es lo mismo que escritores, que quieren verla publicada, que no editada en una cantidad de ejemplares variables que posibilita en estos momentos la impresión bajo demanda y de comercios, no diré librerías, que quieren venderlas.

El que los procesos que facilitan que la fabricación de este producto sea prácticamente automático no indica necesariamente que por ese hecho el mismo se convierta en parte de la industria del libro, término que cada vez me gusta menos y ya si le ponemos español para que parezca uno, grande y libre, ni os cuento.

Releyendo y repasando lecturas se comprueba que pocas cosas, en su esencia, son nuevas. Incluso ha habido algunos otros tiempos en que los planteamientos han sido más radicales.

Sin irnos excesivamente atrás en el tiempo Ainara LeGardon y David García Aristegui en su libro SGAE: el monopolio de la decadencia editado por consonni ya nos hablan de la autoedición en España a finales del XIX.

Durante el siglo XIX eran habituales los contratos editoriales abusivos que obligaban a los autores a renunciar al control de sus obras por cantidades muy exiguas. La negociación individual con los empresarios no era nada favorable, por lo que los autores comenzaron a organizarse. En 1844 se creó la Sociedad de Autores Dramáticos, con un objetivo principal, la posibilidad de la autoedición para los socios y evitar así suscribir contratos poco ventajosos. La Sociedad no tuvo mucho recorrido, aunque supuso el primer intento por parte de los autores de frenar los recurrentes abusos y excesos de los empresarios de teatro. (52)

El segundo factor, la impresión bajo demanda, que parece que se vuelve, por qué será, a poner de moda. Os recomiendo la lectura del texto de José A. Sánchez Paso, La impresión bajo demanda, o como se llame, en España y Latinoamérica ahora mismo (que ya es ayer),  que José Antonio Millán recoge en Libros&Bitios.

Dice, entre otras muchas cosas,

Por otra parte, me resisto como filólogo, además de editor, a seguir denominando tecnología a lo que sin más ni más es puramente una técnica, cuando menos ésta a la que, por llamarla de alguna manera, llamaré edición digital, contraviniendo el título que acabo de poner más arriba.

Como vengo diciendo, es simplemente un procedimiento de producción editorial, a medio camino entre el libro electrónico y el libro impreso por el que, en el mejor de los casos, se edita sin necesidad de imprimir, al menos hasta que no hay venta de ejemplares, pero que en el peor de los casos, precisamente por las facilidades que ofrece la nueva técnica, puede significar que se imprima sin editar, es decir, se obtenga un ejemplar de un título impreso en papel, sin que nadie se haya cuidado de su edición.

El texto es de principios de siglo, el año 2004. Es interesante, pasearse por los enlaces y ver cuántos son ya parte de la arqueología digital. ¿Cuántos de los actuales lo serán dentro de 10 años también?

No hay, en el fondo, nada nuevo bajo el sol, salvo el hecho de que del cruce, de egos personales, posibilidades técnicas y ansias mal medidas de venta, se acabe haciendo llegar basura al mercado.

Claro que siempre habrá quien diga: Si es lo que la gente quiere… ‘Pan y circo’.

 

 

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La importancia del objeto libro. Diego Moreno y Éric Vigne

Me ha resultado muy interesante la entrevista de Teresa Peces a Diego Moreno, editor de Nórdica, en Zenda libros.

Me interesa hoy poner el foco en la siguiente afirmación que es hecha por el propietario de la primera editorial española que tuvo una aplicación para el ipad y que nunca ha hecho ‘ascos’ a las nuevas tecnologías.

Dice Diego:

Nuestros libros no son libros habituales, el valor añadido de la impresión y el papel que utilizamos es muy importante y en América eso no se puede conseguir. Cuando vendes no solamente un texto, sino que vendes también una edición, el lector lo valora de veras, de hecho en América nuestros libros son un poco más caros que la media pero el lector lo valora mucho. Si utilizamos papeles normales y ediciones simplonas, bajaría mucho nuestra imagen de marca. La edición bajo demanda está muy pensada para el lector anglosajón que da mayor importancia al contenido y no tanto al continente. Yo creo que un libro bien editado aporta un plus de placer al lector. El buen vino no se bebe en un vaso de plástico, no sabe igual. En un libro, igual la experiencia de lectura está relacionada con su presencia final.

Me interesa, por un lado, la referencia que hace a la impresión bajo demanda, pensada para el lector anglosajón y que da más importancia al contenido y no tanto al continente. Recuerdo como en fechas recientes se nos ha intentado ‘colar’ por lo menos en sus titulares, la impresión del papel clave que puede jugar la impresión bajo demanda.

Me interesa el concepto que Diego maneja de ‘vender una edición’, no solamente un texto, poniendo así en valor el objeto, muy en línea en mi opinión con lo que escribe Éric Vigne en el último número de Texturas, el 32:

El objeto libro es el resultado del trabajo del editor a partir del momento en que da una existencia objetiva a un texto literario. Es un proceso que tiene lugar íntegra y exclusivamente dentro del universo literario: el editor tiene que dar con la forma material más adecuada para una escritura única y darle así el mayor eco posible. En los albores del siglo XX este desafío era esencialmente literario: en un momento en el que los procesos industriales ofrecen la posibilidad de hacer llegar estas obras a un lectorado cada vez más amplio, la alternativa entre el simbolismo, que tiende a degenerar en hermetismo para bibliófilos, y el naturalismo, que se deja tentar por los cantos de sirena del entretenimiento de una mayoría, es, a ojos de una nueva generación de editores, una trampa en la que no están dispuestos a caer.

Y me centro ahora, en el segundo comentario que hace, al señalar que ese modelo está muy pensado para el lector anglosajón, lo cual nos deja entrever que en su opinión, que comparto, existen modelos distintos, y sectores distintos en el fondo por su modo de hacer, de ver y de netender, la cultura y el objeto libro que en algunos casos sirve como mediación de la misma.

Ante un modelo anglosajón aparentemente más industrial y con menos alma tenemos también un modelo francés, como el que puede representar Antoine Gallimard que sigue afirmando: La edición es pura artesanía. Este espíritu recoge también mejor el punto 10 de las propuestas para una política cultural del que me hacía eco ayer:

Se recomienda generar y trabajar desde los tiempos y los ritmos de las personas, no influidos por valores exclusivamente económicos o por dinámicas de cumplimiento de objetivos cuantitativos (de promoción, de público, de rentabilidad…).

Y es que no todo es lo mismo ni es la primera vez que Diego pone el acento sobre en dónde se encuentra en su caso la sofisticación de su trabajo: en el papel.

 

Sobre los datos, su forma de obtención y su uso. No todo vale

Seré breve, porque el asunto no da para más, salvo el señalar la falta de seriedad y profesionalidad al titular así:

El 50% de los editores ya utiliza los servicios de impresión y distribución bajo demanda

Un estudio basado sólo en 83 respuestas.

No sé quién falta a la seriedad y a la profesionalidad. Si es Podiprint o Dosdoce que como responsable del estudio debería explicitar con claridad, cosa que no aparece en el estudio, el universo, el tamaño de la muestra, las características de la misma y el error muestral.

Ya parece que en el sector algunos quieren hacernos avanzar por la senda fácil del titular de conveniencia.

Fácil sacar conclusiones ¿no?

Os dejo aquí enlace al estudio.

Y dónde he visto la noticia.

En el último número de Texturas, el 32, algunos profesionales del ámbito de la cultura han reflexionado sobre los datos y su utilización.

En la introducción a los cuatro artículos, los editores escribíamos:

Parecemos tener datos a medida que sustentan cualquier política o actuación posible o que den certificación de los «buenos resultados conseguidos».

A menudo, es frecuente que los datos que se nos presentan o bien no
recojan toda la realidad o, en ocasiones, se contradigan entre sí para buscar y ofrecer razones de parte o datos que justifiquen, aparentemente, determinadas líneas de actuación.

Seguimos desinflando la posibilidad de librería evolucionada a imprenta

Marc sabe mucho más que yo sobre el tema de las maquinitas que imprimen a ‘medida’. También sabe más sobre sitios donde merece la pena ‘dejarse caer para disfrutar del tiempo sosegado

De hecho estuvo en la última Feria de Londres y la foto que incluí en la entrada anterior de librerías-imprenta es suya.

Como ha trabajado en el terreno directamente. Creo que sus comentarios a vuela pluma casi casi tal cual me han llegado merecen la pena para ‘soñar’ un poquito menos.

Ahí van:

Además, hay un elemento que hay que tener en cuenta en todo esto, y es el del ajuste entre oferta y demanda.

Supongamos que yo voy a la librería y me dicen que me pueden imprimir el libro en la máquina, pero que tengo que esperar 4 horas porque aquel día se despertaron todos los estudiantes y todos esperan imprimir su libro. Como la máquina va al ritmo al que va, hay cola: mayor demanda que oferta. Yo no pienso esperarme 4 horas, puedo volver mañana, pero entonces se rompe la lógica de esta máquina que es la instantaneidad. Entonces sí que tiene más lógica que esté en el distribuidor (en la biblioteca me parece la opción más lógica). En todo caso, no de cara a público, porque precisamente la idea de la programación en producción es que esos desajustes entre oferta y demanda se vayan reconfigurando y amortiguando con una buena programación, cosa que no puedes hacer estando de cara al público.

La otra es que no haya demanda, entonces es peor porque todos los costes fijos siguen sumando y la máquina no produce.

Lo habitual es que continuamente tengan picos de demanda en forma de montaña rusa, pero no me suena del todo bien que en una librería (aunque la máquina fuera muy silenciosa) se dediquen a hacer programación dinámica para atender una demanda incontrolable y “bamboleante”.

Elucubrando (porque muchos no son seguros) algunos números acerca de la EBM.

Si hace un máximo de 12 libros por hora, son un total de 96 libros por jornada laboral estándar. SIN PARADAS (que las habrá). A eso se le llama a la velocidad “en vacío” de la máquina, es decir, la capacidad mecánica: la respuesta al “a cuánto va la máquina?”. Pero en el mundo real, los inconvenientes (ajustes, atascos, paradas técnicas, cargas de materia prima -cola, papel, tóner, cambio de cuchillas para afilar-etc.) arrastran esa capacidad en vacío hacia abajo. Por mucha previsión que tengas siempre aparecen esos inconvenientes en el camino. En POD se suele contar un 60% de la capacidad en vacío como realmente productiva, mientras que ese 40% es para todo lo demás. Yo vi en la Feria de Londres que se les atascaban bastante las hojas de interior en la bandeja de recepción. Eso también significa que el técnico estaba todo el rato pendiente de evitar esos atascos, con lo cual agregas otro tema de coste, y es el de la persona que debe estar pendiente todo el rato. Pero de eso hablamos luego. Total: el 60% de 96 libros (redondeamos a 100) sería 60 unidades diarias.

Contando que cada libro lo vendiéramos a un promedio de 20 € (tirando hacia arriba), estaríamos facturando diariamente 1.200 €, en un mes, con jornadas de 8 horas a 25 días serían unos 30.000 € como máximo. Pero hay que empezar a restar gastos asociados: materia prima (papel, cola, tinta o tóner), -tendrá coste de click como todas las máquinas digitales? DEBERÍA- cuchillas y otros. Estos son los asociados al proceso de fabricación, pero hay otros indirectos que habría que ver cómo se repercuten por máquina: que los archivos estén en condiciones y preparados para esta máquina y su proceso de preimpresión (la lógica de la producción es: “si entra basura, sale basura”, así que para no restar todavía más en que la máquina imprima mal, todos los títulos (el millón que dicen, y más que en el futuro podría haber) deben estar estrictamente ajustados y perfectamente preparados para el proceso. Y eso no es baladí, porque no se puede dejar en las manos de la editorial. En teoría todo el mundo sabe hacer un PDF con un programa de maquetación común y tal, pero en la realidad los problemas existen, y sólo el que está en contacto con el proceso productivo puede estandarizar los documentos: fuentes que saltan, incompatibilidades de archivos y soportes, diagramas que se pierdes, rips que no entienden nada, colores que hay que convertir a tramas…), así nos damos cuenta que es necesaria una figura que haga esa función, que no sabemos si es la que estará pendiente de que las cosas se impriman bien (como si la máquina fuera independiente) o esto se hará desde una central (en NY o donde sea, de modo que la máquina sea como una terminal de una “red de máquinas” cortadas por el mismo patrón). Hay que ver y saber su modelo de negocio, del que no dicen nada, pero me cuadra más esta segunda opción, o algo parecido, al menos por ahora. De forma que hay un coste de revisión de archivo asociado a la máquina, eso seguro. Pero no tenemos ni idea de cual puede ser.

Hay otro elemento a tomar en cuenta, para mí es el más importante y el que menos definido tienen, y es el tema técnico: es muy dificultoso saber el coste del servicio técnico si se nos para la máquina (por eso decía antes si había coste por click, que normalmente lo incluye). Hay que tener en cuenta que máquina parada significa que esos 1.200 € diarios empiezan a bajar a una velocidad espasmódica (uno no lo sabe hasta que está metido en el ajo), y si la pieza está en EEUU, ni te cuento los días que puedes estar bloqueado. Esas cosas pasan, y al desconocer cuál es su concepto en este aspecto se debe tender siempre al peor escenario posible. La máquina parece ya que empieza a estar estandarizada, pero no deja de ser un beta, con lo que creo que todavía los costes de las paradas (más o menos frecuentes) serán elevados. Es el riesgo de subirse a un coche nuevo: la pintura todavía no está seca.

Dicen que la máquina cuesta 170.000 €, a mi me han hablado de otra cifra, más cercana a los 120.000 € y un poco más. Uno no puede pagar una máquina de estas a 10 años vista, primero porque no es un valor elevado (se entiende, comparativamente), y segundo porque son máquinas que se desfasan muy rápido tecnológicamente, así que un pago a crédito debe ir de la mano de una amortización máxima de 4 años (y estoy apuntando a algo que no creo, por largo). Esto no es un coche que uno paga y luego lo hace durar hasta que revienta: ésta máquina hay que pensarla más como un walkman, que se tira al llegar el discman, que se renueva al llegar el iPod y así. Si costara 160.000 €, se hablaría de unos 40.000 € al año. Eso es lo que habría que pagar/amortizar anualmente.

Luego imagino que habrá una parte en que se repercutan los costes indirectos: el espacio que ocupa, energía, luz, algo de almacenaje de materia prima, conexión internet, insumos varios… pongamos un 20% de los gastos -creo que puede se un poco más, pero tiremos por ahí-. Así que los números podrían ir (seguro que no nos acercamos mucho, pero es una idea tomando en cuenta cosas que están alrededor):

– Facturación mensual aproximada: 30.000 € (20 € libro x 60 al dia x25 dias: 1.500 libros/mes)

– Coste de materias primas: en esencia papel: hay que cubrirse, el desperdicio de la máquina es ENORME (usa hojas A4 para libros finales de 13×21 -MÁS DEL 50%!!-, y el papel es más caro yendo a distribuidor que al fabricante porque no puedes comprar “toneladas”, luego habría cola, tóner y demás): yo pondría unos 5 € por libro de RM, ergo: 7.500 €/mes.

– RRHH: dicen que solo debe haber alguien más o menos pendiente de la máquina, que puede hacer otras cosas mientras ésta trabaja, pero viendo el nivel de atascos, preparación del siguiente libro, carga y descarga de material (y no cuento si debe preparar archivos!!), creo que debe haber 1 persona fija pendiente de la máquina. No me cuadra lo otro. Así que eso también lo debemos meter: y depende de lo “cabrón” que uno sea, pero si tenemos a alguien por 20.000 € brutos al año, que no es ningún sueldazo, pero podría tener lógica dado que hay que tocar algunos temas técnicos y por tanto debería estar algo cualificado, más el 25% en prestación social, estamos hablando que nos cuesta 25.000 € en salarios. Unos 2.000 € al mes.

– Pago/amortización: decíamos unos 40.000 € al año, más un 5% de interés, son unos 3.500 € al mes.

– Otros gastos asociados: si un 20% del precio del libro son esos gastos indirectos, nos da que 5 € son para eso: otros 7.500 € al mes.

Sumemos: 7.500 € + 2.000 € + 3.500€ + 7.500 € = ya estamos en más de 20.500 €. Para una facturación de 30.000 € tirando a lo alto. Las cifras empiezan a parecer menos espectaculares, según yo lo veo…

La propuesta de que sean los distribuidores los que amorticen suena más interesante…

Librerías, impresión bajo demanda y libro electrónico

Parece que el mundo digital va encontrando hueco en algunas librerías. Por un lado tenemos noticias de que la impresión bajo demanda entra en las librerías, por lo menos en Estados Unidos, aunque aquí ya hace unos cuantos años hubo algunas pruebas e intentos por lo menos en Barcelona.

Ayer vi también por primera vez en Bilbao en una librería, en concreto en el escaparate de la Librería Cámara, uno de los muchos modelos existentes de ‘Libro electrónico’ que algún lector ya había usado por esta Villa.

ebook_camara.jpg

Su presencia me produjo una doble sensación:

Por un lado la constatación de que existen libreros, Cámara siempre ha sido un modelo en Bilbao y quizás ello le haya convertido en la librería independiente que ya navega, si no me equivoco, por la tercera generación con más solera de la Villa, que son capaces de estar atentos a los movimientos que se producen y van haciendo sus pruebas  y apuestas.

Por otro lado, el ‘libro’ estaba apagado, tuve la sensación de que lo que veía no era un ‘libro’. Me pareció algo semejante a que en el escaparate de una librería aparecieran tacos de hojas encuadernados totalmente en blanco. Ello me generó una cierta extrañeza y la constatación del costo energético de un soporte en relación a otro.

Creo de todas maneras, y algo he escrito recientemente sobre ello que espero vea la luz a lo largo de este año, que la clave no se sitúa en las mediaciones y tanto la impresión bajo demanda en librerías como la comercialización del libro electrónico lo son, sino en las visiones de acrácter más sistémico que permiten aglutinar alrededor de una librería o de una editorial el número suficiente de lectores-compradores que justifiquen su existencia y la consecución de esta finalidad es siempre multifactorial y multidimensional.

Éstos, el de la impresión bajo demanda y la presencia del libro electrónico ,  pueden ser en algunos casos factores claves o importantes en un proyecto; pero su importancia en otros casos puede llegar a ser nula.

Impresión bajo demanda. Algunas cifras

Libros y Tecnología recoge un artículo de El Mundo donde se señalan algunas cifras de impresión bajo demanda que no dejan de ser curiosas.

Me llaman la atención sobre todo las siguientes: si los títulos presentes en Lulu son 1.635.000 y en 2007 se han vendido 1.900.000 la larga cola no es que sea una teoría ya sino que ha sido superada por la aparente larguísima cola ya que la media de venta por título en un año sería de 1,16. probablemente el que en muchas ocasiones el propio autor haya regalado a alguien y poco más.

Con estas cifras a mí me resulta difícil pensar o creer que estos sistemas, a fecha de hoy, son realmente una alternativa.

La autopublicación, sus límites y sus gratuidades

Me llama la atención un artículo aparecido recientemente en La Vanguardia que lleva por título: Publicar su propio libro ya es gratis.

Cuando leo el artículo no tengo tan claro que el título del mismo corresponda exáctamente al contenido. Pienso que para muchos de los autores para los cuales sus libros son publicados por editoriales al uso la publicación del mismo ya es, en general gratis.

Tampoco tengo muy claro que porque sea gratis haya que publicarlo ahora todo. Es más: publicar en internet es gratis hace mucho tiempo y no es necesaria la impresión en papel, según se define libro en la última ley, para tener un libro publicado. de hecho existen ISBns distintos según el soporte. Así, por ejemplo Tres Gymnopedias papel tiene un ISBN distinto al de Tres Gymnopedias digital y el soporte digital es tan libro como el de papel.

Otro elemento más: ¿Hay que publicar para vender? o lo que quizás sea más serio: ¿sólo podremos saber si gusta a la gente si se vende? y ¿dónde podemos comprarlo: ¿se implantará la tiranía del único canal?

Todas las nuevas fórmulas que al final constriñen a través de su planteamiento alguna de las posibilidades tanto de la edición, distribución, creación y acceso sigo sin tener claro que aporten realmente valor al sector de los contenidos y la creación.

No tengo tan claro que en un mercado saturado la alternativa sea, al final más papel.

El tiempo lo dirá.

Quizás empiece por aquí la intervención del miércoles en Sevilla