Lectura y formatos… todo es más lento y quizás menos variable de lo que parece

Estas navidades una persona conocida me ha enviado esta foto de un vagón del metro de Londres en fechas navideñas.

Hay personas que suelen incluir en sus charlas fotos comparativas en las que se pretende hacer el juego entre el ‘antes’, que todos leían en papel, y el ‘ahora’ que todos leen digital.

No haré de esta foto el elemento confirmatorio para afirmar que ‘todos leen en papel’, pero creo que es un hecho que resulta relevante en lo cualitativo y que por lo menos sigue dejando algunas reflexiones abiertas.

La primera, que no es visible en la imagen, es la constatación de que el metro de Londres no tiene una buena cobertura de red. Quizás ello provoque indirectamente la lectura aunque no tendría porqué ya que existen aplicaciones y posibilidades de leer sin conexión.

La segunda, la señala con claridad Manolo Bragado: la imagen es un reflejo de la lentitud de los procesos de hibridación de la edición infantil que continúa siendo de manera abrumadora en formatos impresos.

La tercera, que tampoco está de más recordarlo, es que nos pongamos como nos pongamos, son los usuarios quienes al final eligen y parece que en mayor o menor medida, el papel siempre está presente.

La cuarta, Mikita Brottman en su sugerente y provocador a ratos Contra la lectura, editado por Blackie Books, escribía: La mayoría de la gente sigue leyendo libros en su formato tradicional, tanto si pasan tiempo online como si no. Sin embargo, a pesar de que Internet ya se ha fusionado con la vida cotidiana, mucha gente se ha cansado de todos estos dispositivos electrónicos de mano que hacen bip, ping, que parpadean o que brillan, y quiere volver a las cosas más sencillas. Para muchos los aparatos electrónicos son lo opuesto a los libros y, en concreto, lo que está acabando con ellos. A estas personas les asusta que «la muerte del libro» pueda tener un efecto terrible en nuestra continuidad con el pasado y en cómo nos contemplamos a nosotros mismos, nuestro mundo y nuestra cultura; es posible que incluso se esté pavimentando el camino hacia una distopía sin libros donde las masas analfabetas dependerán de sus líderes para que lean por ellos (lo que, por cierto, se parece bastante a cómo han sido siempre las cosas). (pag. 33-34)

La quinta, ¿os habéis fijado en el nivel, por lo menos aparente, de concentración lectora? Están a lo que están…

Luis el carbonero

Ha sido entrar él en la frutería y volver a la infancia.

Recordar con nitidez a Luis con su chaqueta y pantalón azul marino en la pequeña carbonería que existía hace ¿50 años? en Doctora Areilza casi esquina con Aladema de Urquijo.

Volver al color negro, a su capuchón de saco sobre la cabeza y la espalda para echarse sobre ella los sacos de carbón.

Verlo llegar a casa y ver cómo el pasillo se forraba de papel periódico para que pasara con los sacos hasta la carbonera. Recordar cómo hablaba con ama.

Uno, en aquellos tiempos era Josetxu. Así me recordaba.

La última vez que le había visto fue hace siete años. Sigue siendo el hombre feliz y cariñoso. Quizás de andar más lento.

Me manda recuerdos para la madre que se los daré en cuanto le vea.

 

Cronología de la infancia

La cronología de la infancia no está hecha de líneas, sino de sobresaltos. La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdiagadas sobre una playa de olvidos. Sé que pasaron muchas cosas durante aquellos años, pero intentar recordarlas es tan desesperante como intentar recordar un sueño, un sueño que nos ha dejado una sensación, pero ninguna imagen, una historia sin historia, vacía, de la que queda solamente un vago estado de ánimo. Las imágenes se han perdido. los años, las palabras, los juegos, las caricias, se han borrado, y sin embargo, de repente, repasando el pasado, algo vuelve a iluminarse en la oscura región del olvido. Casi siempre se trata de una vergüenza mezclada con alegría, y casi siempre está la cara de mi papá, pegada a la mía como la sombra que arrastramos o que nos arrastra…. (Héctor Abad Faciolince; El olvido que seremos, Seix Barral; pag. 137)