Aire, agua…. tierra

Es curioso como se cruzan a veces las lecturas que uno tiene entre manos o, quizás mejor, cómo buscamos los cruces en función de la propia situación vital.

Una novela recientemente terminada parece encontrar su continuum en un ensayo que empiezo a ller a continuación de la misma.

El cruce de elementos naturales, la vida y la muerte y al propia identidad llaman mi atención.

El aire – oxígeno al que ya hice referencia cuando citaba: El ser humano para vivir, necesita un mínimo de aire respirable, cierta dosis de oxígeno e ilusión. (El vino de la soledad;pag. 213)

El agua que recoge Gabriel citando también a otros:

– El Mar, en movimiento

desde la eternidad,

repetición sin fin.

una ola callando,

otra manifestándose.

(Javad Nurbakhsh)

– Aquel que oye las cosas bien sabe que éstas le van a hablar o muy fuerte o con demasiada suavidad. Hay que apresurarse a escucharlas. La cascada es estrepitosa, el arroyo balbucea. (Gaston Bachelard)

Estar atentos a los ‘mínimos respirables’, a los balbuceos acusosos, a las olas que callan quizás resulte complicado en estos momentos donde todo parece importante, sobre todo lo que más ruido hace.

Entre medio, algunos nos quieren mandar a Laponia para ahorarse los murmullos que no escucharon y que parecen molestarles cuando se empiezan a convertir en gritos.

Nos hemos hecho sordos a los pequeños detalles. Hemos ido alejando de nuestras vidas las pequeñas tensiones, la cotidianeidad y sólo saltamos o nos hacen saltar hacia fuera las fuertes olas, los tsunamis personales y sociales.

La Madre Tierra de la que nos habla Boff, y tendríamos así el tercer elemento, nos sitúa más en las lógicas del cuidado y la compasión y lejos de los grandes ruidos.

El vino de la soledad

Termino El vino de la soledad de Irène Némirovsky.

Un libro de una dulce tristeza.

Mi libro está todavía incompleto. Quien me lo regaló lo sabe. No sé si ella lo había leído.

Cuando lo recibí le escribí diciéndole si ya el título no era una premonición.

Ayer ya casi terminándolo me encuentro con dos frases que casi parecen confirmar esta hipótesis:

– El ser humano para vivir, necesita un mínimo de aire respirable, cierta dosis de oxígeno e ilusión. (pag. 213)

y ya en la última página…

– No temo a la vida -pensó-. No son más que años de aprendizaje. Han sido extraordinariamente duros, pero han templado mi valor y mi orgullo. Eso me pertenece, es mi inalienable riqueza. Estoy sola, pero mi soledad es ávida y embriagadora. (pag. 221)

Sufrimiento, noche, soledad…

– Los que verdaderamente sufren no hacen plebe, no forman conjunto. Quien sufre, sufre en soledad. (Fernando Pessoa; Libro del desasosiego; pag. 182)

– Aunque daba pesados cabezasos, lo que más temía era la noche… Dormirse, olvidar y, al despertar, cuando la conciencia de la desgracia es vaga y brumosa, buscar en aquella cama vacía el rostro conocido… Y cuando horrorizada, se daba la vuelta, veía de nuevo el lecho vacío. (Irène Némirovsky; El vino de la soledad; pag. 112)

Suite francesa. Irène Némirovsky

Termino de leer Suite francesa en el reciente viaje a Madrid anoto de casi el final: “Lo peor es la tierra de uno. En los demás sitios, ni me odian, ni me quieren”.

Inicio el día siguiente camino a Zaragoza Los libros arden mal de Manuel Rivas, premio Cálamo Extraordinario. Leo, casi al principio: “Todo el mundo sirve para la guerra. Si no sirve para matar, sirve para morir”.

¡Qué desasosiego! Menos mal que voy a encontrarme con amigos.