Grises…con pinceladas

Fin de semana lluvioso donde casi todo se ve, cuando la niebla lo permite en tonos grises con todos sus matices y como un reflejo de las dudas, de la sabia duda, creo, como posición vital.

Cada vez desconfío más de las afirmaciones tajantes.

Así que en este entrever me he sentido cómodo habiendo podido también echar la vista atrás y revivir espacios donde viví hace ya cuarenta años.

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Hay horas vacías, insustanciales, que esconden en sí el destino. Surgen indiferentes como oscuras nubes que aparecen para perderse de nuevo, pero se mantienen ahí tenaces y obstinadas. Y se disuelven elevándose como un humo negro, se hacen cada vez más lejanas y alargadas, hasta que por fin flotan sobre la vida con una palidez gris, melancólica, inmóviles, como sombras que se fijan al instante, inevitables y celosas, y elevan una y otra vez su puño amenazante. (Stefan Zweig; El amor de Erika Ewald; El Acantilado; pag. 59-60)

Tiempo

De nuevo con todo el tiempo en mis manos.

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No para mí, pero sí con una mayor libertad en el día a día para ir haciendo un uso cotidiano y sencillo al mismo con una idea entre ceja y ceja de ‘dedicarlo a lo pequeño’ a lo aparentemente insignificante, que parece no tener trascendencia en esta sociedad ‘suflé’.

Tiempo para:

Reflexionar. El tiempo te ayuda a reflexionar sobre las acciones del pasado. (Haruki Murakamai; Tokio blues; pag. 136)

Descubrir. Si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempo de prodigios. (Sergio Pitol en Marta Rivera de la Cruz; Tiempos de prodigios; Planeta; pag. 7)

Recuperar la visión. Tengo la sospecha de que hoy vivimos mucho más aturrulladamente que antes. Me refiero sobre todo a la falta de perspectiva sobre nuestra existencia. Me parece que galopamos por el mundo persiguiendo recompensas inmediatas: dinero, éxito, placer, y que, en mitad de tanta búsqueda agitada, no disponemos de una visión global de lo que somos. (Rosa Montero; Vidas enteras; artículo El País, Enero de 1998)

Escuchar. Ya desde su más tierna juventud, la oscura conciencia de su carácter tímido y su reservada soledad le habían enseñado a no contemplar las cosas como algo frío y sin vida, sino como amigas calladas que confiaban sus secretos y ternuras a quien las escuchaba. (Stefan Zweig; El amor de Erika Ewald; El Acantilado; pag. 14)

La lentitud. Ser lento es una parte esencial del buen pensamiento. (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 203)

La calidez

Para ti….

 

Edad y recuerdos…. compartidos

‘Cuando uno se hace mayor, busca su propia juventud y se alegra tontamente al revivir pequeños recuerdos’ (Stefan Zweig; Viaje al pasado; El Acantilado; pag. 63)

En estos días pasados que hemos estado de recogida y empaquetado en casa han ido apareciendo pequeñas joyas, reflejos de momentos vividos. Una foto, un recorte de periódico, una dedicatoria…. Pequeños fragmentos que cristalizan momentos vividos que nos marcan la distancia entre el ayer y el hoy, que nos dan también pequeñas pistas y razones de lo que ahora somos.

Al reencontrarme con ellos pensaba, al mismo tiempo, con quién me apetecería compartirlos que es quizás una de las formas más bellas de hacer a alguien también partícipe de tu historia y de tu vida actual.

 

Palabra, comunicación, silencio, destino….

He terminado en una sentada, ayer a la tarde era un momento propicio para leer en casa con manta, ‘El amor de Erika Ewald‘ de Stefan Zweig.

Junto con Sándor Márai es un autor que ha ‘entrado’ hace no muchos años en mi vida y en cmuhas ocasiones me remueve y conmueve.

Hoy al pasar algunas de las notas-párrafos que me resultaban sugerentes veía como se cruzaban con otros de Márai que ya tenía anotados.

Os dejo dos cruces de muestra.

La palabra

– «La palabra no es un elemento tan imprescindible de la comunicación humana como a veces suponen los escritores cegados por el orgullo; en momentos críticos, la gente capta la esencia con muy pocas palabras o incluso sin ninguna» (Sándor Marai; La hermana ; pag. 31)

– Le gustaba abandonarse y soñar despierta, porque un pudor casi exacerbado le impedía hacer a los demás la más mínima insinuación sobre sus vivencias espirituales, aunque su alma temblaba bajo la presión de las palabras no pronunciadas, como vacía la rama de un árbol bajo el peso de sus frutos demasiado maduros. Y sólo un tenue rasgo casi imperceptible alrededor de sus labios delgados y pálidos revelaba que en su interior se libraba una lucha y se había desatado una nostalgia que no era posible expresar con palabras y de ven en cuando hacia que la boca firmemente cerrada se estremeciera incontrolada como con un repentino sollozo. (Stefan Zweig; El amor de Erika Ewald; El Acantilado; pag. 10-11)

El destino

– Hay horas vacías, insustanciales, que esconden en sí el destino. Surgen indiferentes como oscuras nubes que aparecen para perderse de nuevo, pero se mantienen ahí tenaces y obstinadas. Y se disuelven elevándose como un humo negro, se hacen cada vez más lejanas y alargadas, hasta que por fin flotan sobre la vida con una palidez gris, melancólica, inmóviles, como sombras que se fijan al instante, inevitables y celosas, y elevan una y otra vez su puño amenazante. (Stefan Zweig; El amor de Erika Ewald; El Acantilado; pag. 59-60)

– Cuando, por primera vez en la vida, comprendes de verdad lo que es el destino, adquieres una especie de serenidad, te sientes aliviado y terriblemente solo en el mundo. (Sandor Márai; La mujer justa; Salamandra, pag. 43)

El recuerdo…y la memoria

He terminado de leer una obrita de Stefan Zweig, Mendel el de los libros, que me ha conmovido en algunos momentos.

El cruce casi mágico que a veces se produce entre un texto y un estado personal de lectura es algo que me sigue conmoviendo.

Hay veces que, simplemente, su efecto es sosegante. En otras, provoca una auténtica revolución. Muy a menudo, indiferencia…

La lectura de un breve texto, éste en concreto: ‘…  el recuerdo siempre une. Y un recuerdo afectuoso, doblemente’ ha producido en mí una deliciosa visualización histórica, casi en un abrir y cerrar de ojos, de momentos de encuentros vividos y presentes en el fondo en la medida que siento que algo de ellos y de las personas con las que estuve en esos momentos sigue estando conmigo.

La memoria y la concentración cercanas a la ‘locura’ (¿?) van y vienen en medio de un finaltrágico a lo largo del libro.

En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galitzia, contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa. (13)

Por cierto que aquella memoria sólo había podido ejercitarse y formarse de aquella manera diabólicamente infalible por medio del eterno secreto de cualquier perfección: la concentración. Dejando a un lado los libros, aquel hombre singular no sabía nada del mundo, pues todos los fenómenos de la existencia sólo comenzaban a ser reales para él cuando se vertían en letras, cuando se reunían en un libro y, como quien dice, se habían esterilzado. (20)

Todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro que de manera más irremediable se va volviendo cada vez más uniforme. (30)

Quizás por ello el papel de los libros sea tan importante:

Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido. (57)