Qué consume la infancia en las pantallas. Entretenimiento que no cultura

Me parece que el mundo del entretenimiento se ha convertido en la fuerza dominante en los asuntos culturales. El factor económico está detrás de todo ello, y ya no existe responsabilidad cultural, ése es el problema. (Philip Glass en César Coca; Entrevista con la cultura; Bassarai, pag. 71)

La cultura ha acabado convirtiéndose en sinónimo de entretenimiento en que la realidad se enmascara detrás de un espectáculo vacuo e inmovilista y ha incrementado su valor de cambio económico y político en detrimento de su valor simbólico. (Ferran Mascarell; La cultura en la era de la incertidumbre; pag. 71-72)

La lógica del entretenimiento, que no la cultural, parece que ha sido también el hilo conductor del reciente encuentro celebrado en Barbastro. LeoEn el marco de la pasada edición del Congreso del Libro Electrónico de Barbastro se habló mucho de las nuevas formas de acceso al entretenimiento. Algo que ya pasó también en el año 2013.

No nos debe extrañar, por lo tanto, que al encontrarnos en los entornos de la pantalla lo que prime sea, fundamentalmente el entretenimiento y el videojuego. La lectura, por ejemplo, ni aparece en el listado.

Es lo que parece desprenderse del estudio AIMC niñ@s.

Nos podemos seguir mirando a Estados Unidos…

En general, la cultura popular norteamericana es popular porque (y en la medida en que) sus estilos de entretenimiento sencillos, rápidos y fugaces –su compromiso con el entretenimiento- encajan con el desplazamiento y el deseo modernos. (Todd Gitlin; Enfermos de información; Paidós, pag. 247)

De cómo la infoxicación puede estar generando malnutridos cerebrales

Estados Unidos es actualmente el país con el mayor porcentaje de personas obesas en el mundo.

El país en el que a veces nos queremos ver reflejados es el que por cantidad peor alimenta. ya que no siempre lo mucho es bueno. Ya saben que según Nacho González en la Comunidad de Madrid pasa algo parecido.

En unas recientes jornadas celebradas en Bilbao me llamó la atención de que en vez del término ya usado en castellano de infoxicación se utilizara en euskera el término que traducido al castellano sería ‘infobesidad’. No solo intoxicados, por la info, sino, además ‘gordos’, pero, probablemente mal alimentados informacionalmente.

Ya a principios de este nuevo siglo Todd Gitlin dejó claro esto en el libro que publicó y que en castellano se tradujo en su título como Enfermos de informaciónSi siguiéramos con el paralelismo de este juego mente-cuerpo, podríamos hablar de ‘Enfermos de comida’.

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¿Cambio de ritmo?

De mis recientes días, hasta ayer, pasados por Bélgica me quedo con esta imagen tomada en Gante como pequeña metáfora de los ritmos vitales vividos que quizás tengan poco que ver con los que ya se avecinan a partir de hoy mismo.

La bici, en este caso, me parece todo un símbolo de ritmo ante la vida. He visto su uso para el trabajo, la compra, el turismo, el paseo de cuadrilla, el desplazamiento familiar. Casi siempre con un cierto ritmo cadencioso, sin prisa aparente que se trasladaba también al propio desplazamiento a pie por las ciudades, conviviendo, al mismo tiempo, con el tranvía o el coche en zonas comunes y en medio de amplios espacios peatonales.

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Los frutos de la participación

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Aprovechándome de María PTQK.

Merece la pena también dar un vistazo sosegado a las reflexiones del FC Forum a las que llego a través de su blog.

Aunque quizás todo sigue siendo lo mismo y acentuado como ya nos lo adelantaba Todd Gitlin cuando escribía:

¿Los usuarios de Internet se comprometen más con la vida cívica que el resto de los ciudadanos? Desde 1990, la respuesta parece ser negativa. ¿Las organizaciones y redes se vuelven más exclusivas e independientes cuando afloran en la web, o es más probable que se salven las barreras sociales e ideológicas? No se sabe….Los ricos poseen ahora una nueva propiedad y los pobres, una menos, y sin cierta redistribución la democracia no puede prosperar. En el primer lustro de desarrollo de Internet se puso de manifiesto la relevancia del acceso a las imágenes o a la información. Los blancos norteamericanos y los asiáticos fueron los primeros que accedieron a Internet, y las clases con mayor formación –que se solapan con las de raza blanca- tienen más acceso que los negros e hispanos. Se observan desfases similares entre Estados Unidos y Europa, así como entre los países del norte y los del sur del planeta. (Enfermos de información; pag. 211)

La lectura en la era digital

Siempre me ha parecido sugerente la reflexión sobre cómo variará la lectura en la era digital.

Ya en su momento aunque de manera colateral hubo algún estudio interesante sobre cómo el cine ha tenido alguna incidencia en los modos y formas de lectura. (Ver Todd Gitlin; Enfermos de información. De cómo el torrente mediático está saturando nuestras vidas editado por Paidós).

Ahora parece que todo el entorno digital también afecta

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A través del blog de la Fédération Interrégionale du Livre et de la Lecture llego a este interesante artículo de Science&Vie: La lectura cambia, nuestros cerebros también.

Hábitos de lectura y compra de libros 2006. Otra lectura de los datos. 5

Viene de aquí

La excusa del tiempo

Los lectores o los poco lectores son como los políticos, como algunos políticos del “puedo prometer y prometo”. El problema: el tiempo. La mayoría parece que leería más si tuviera más tiempo. ¡Qué fácil es manifestar voluntades sobre algo que no compromete!

La pregunta sobre acuerdo o desacuerdo parece estar formulada en los siguientes términos: Dígame su grado de acuerdo con la siguiente frase: “ me gustaría dedicar más tiempo a la lectura de libros”. Supongamos que a las mismas personas les planteáramos también no sólo la lectura de libros sino actividades incompatibles con la lectura o planteadas como excluyentes en el uso del tiempo: ir al cine, estar más tiempo con los amigos, hacer turismo cultural, disfrutar de la naturaleza….. Probablemente la respuesta sería también afirmativa en todos los casos. Lo interesante sería poner la lectura en relación con otras actividades que pueden ocupar también el tiempo libre. En ese caso podríamos medir quizás con más precisión la posible “intencionalidad lectora”.

Todd Gitlin ya nos ha dicho que lo esencial es el modo en que vivimos nuestro tiempo –o el modo en que lo gastamos, por utilizar el término que expresa su escasez inherente- define cómo somos. Lo que creemos, o decimos que creemos, es secundario.(Enfermos de información; pag. 32)

Quizás sea mucho más interesante la “franqueza” de los no lectores: el 67% dice que no les gusta nada la lectura. Ello quiere decir que el 30% de la población en números redondos ni siquiera se plantea la posibilidad de acercarse a la lectura.

Tampoco está tan claro que la gente realmente desee más tiempo para hacer lo que sea. Parece que sin más tiempo no habrá más lectura. Habrá que ver de hecho si el tiempo o la posible disposición del mismo se utiliza fundamentalmente para leer, pero como también nos cuenta Gitlin más adelante, en su momento la gente optó por querer tener más cosas que querer tener más tiempo y ello sigue siendo la clave actual de funcionamiento: …aunque protestasen por la cantidad de horas trabajadas, los obreros preferían buscar la felicidad a través de los productos de consumo que disponer de más tiempo libre…Tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno fomentó
con subvenciones…la demanda de un modo de vida más consumista por parte del ciudadano reprimido. La suerte estaba echada: la gente prefirió el dinero al tiempo, optó por buscar los placeres y el confort en la adquisición de bienes que, con toda seguridad, quedarían obsoletos cada vez más rápido, en lugar de perseguir el ocio colectivo o la virtud cívica.
(Todd Gitlin; Enfermos de información; pag. 99).

Quizás sea bueno quebrar ya la ingenuidad de que la culpa la tiene el tiempo
sobre todo cuando para casi todo parece que nos adentramos, además, en
“tiempos” de sequía.

Seguimos aquí .

Cultura que se consume

Comentamos poco antes de Navidad la nueva ordenación de la página del Ministerio de Cultura que permite disponer en un espacio específico de todos o la mayoría de los datos relacionados con la cultura.Hoy trae El País un comentario de algunos de los datos del último Anuario de Estadísticas Culturales que fue lo que sirvió de motivo para la presentación del nuevo espacio.Y hay una expresión que no es nueva pero que quizás movido por estos días de “Felicidad y compartir” me llama  particularmente la atención. me refiero al “consumo cultural” que resulta una contradicción en sus términos o quizás reflejo de un discurso interesado de algunas empresas o grupos.Ya hace tiempo que no se nos define en muchos ámbitos ni como personas o ciudadanos, sino como consumidores.

Si consumidor es persona que consume o que compra productos de consumo. Si consumo es acción de consumir. Si consumir es además de “Utilizar comestibles u otros bienes para satisfacer necesidades o deseos”, la acción de destruir, extinguir. Es decir que esos bienes que utilizamos, al final si son de consumo se destruyen o extinguen pues no veo claro su hilazón con la cultura. No he leído todavía, por ejemplo que aumente el consumo educativo, ni siquiera cuando se habla del libro de texto. No sería mejor hablar de “uso” que de consumo.

Parece que la única lógica es la de la satisfacción por la destrucción o la de producir cada vez más perecederos.

Revisando mis notas y frases me encuentro con algunas reflexiones que plantean por lo menos o a mí me abren otros posibles puntos de vista aunque no sean los de el discurso dominante y perfectamente aplicables a algunas lógicas existentes dentro de la industria cultural:

– Lo más curioso de los placeres del consumidor es que duran poco. La esencia del consumismo es una sensación de promesas rotas pero constantemente renovadas. El consumidor moderno es un hedonista condenado a la decepción económicamente productiva, un ser que experimenta, como señala el sociólogo Colin Campbell, “un estado de placentera incomodidad”. Luchan por sus sueños vinculándolos en cada caso a un objeto deseado…; pero en cuanto se adquieren los objetos, los deseos se desenganchan de ellos inexorablemente. (Todd Gitlin; Enfermos de información ; pag. 100)

‘La historia de cómo las éticas del consumo y el desarrollo personal, inicialmente diferentes entre sí, empezaron a encontrar un terreno común en el mercado capitalista del siglo XX es uno de los capítulo más importantes e interesantes de la historia comercial. La fuerza que atrajo a estos dos valores, aparentemente irreconciliables, fue la de las artes, el principal comunicador de normas culturales….De este modo, el consumo arrastró al arte desde el ámbito cultural, donde era principal medio de comunicación de los valores compartidos por unacomunidad, hasta el mercado, donde se convirtió en rehén de las empresas publicitarias y consultorías de marketing, que lo utilizaron para vender un nuevo “estilo de vida”…Ahora la cultura podía distribuirse en pedacitos a través de los medios electrónicos, trasmitiéndola
rápidamente a gran distancia, uniendo a muchísima gente en simulacros de experiencias compartidas que, no por menos íntimas, resultaban menos seductoras y entretenidas. El arte reproducido localmente se vio obligado a competir con las artesde generación electrónica como el cine o la radio’ (Rifkin,J.; La era del acceso. La revolución de la nueva economía; Paidós; Barcelona 2.000, pag. 192-194)

Como señala Bocock. “los consumidores han dejado de experimentar un sentimiento de creatividad, de autonomía, en gran número de actividades, debido al aumento de las experiencias prefabricadas. Cocinar, practicar deportes, la jardinería, el bricolaje, la decoración del hogar, bailar y tocar música son ejemplos de actividades de consumo que suponen una cierta participación, pero no pueden librarse de la predominante invasión de grupos con intereses comerciales que asolan el consumo desde 1950. (Santiago Álvarez en Adoz nº 29, pag. 52-53)

Quizás todo ello siga siendo reflejo de la crisis de la postmodernidad: ‘Si la cultura es, como dice el antropólogo Clifford Geertz, “la red de significación” que tejemos sobre nosotros mismos, las comunicaciones -lenguaje, arte música, danza, escritura, cine, grabaciones, software- son las herramientas que nosotros, como seres humanos, usamos para interpretar, reproducir, mantener y transformar dichas redes de significado’ ‘El tiempo cultural se desvanece, dejando a la humanidad exclusivamente con vínculos comerciales como elemento de apoyo civilizatorio. Esta es la crisis de la posmodernidad’ (Rifkin,J.; La era del acceso . La revolución de la nueva economía; Paidós; Barcelona 2.000, pag. 188)