Panzaburra. Patricia Huerto

Previos.

Conozco a Patricia Huerto desde hace año y medio si la memoria no me falla. Un final de julio o principio de agosto yendo de Urueña, tras visitar Primera Página, a Oviedo.

La conocí en Castrillo de los Polvazares.

Su sueño soñado despierta sobre la posibilidad de una librería fue, después de la comida, el hilo de la conversación.

En la distancia sigo lo que escribe en Facebook y hoy ha escrito un texto bello, sentido y doliente que me atrevo a reproducir, más sobre todo después de haberlo comoartidc con un buen amigo que también se ha emocionado.

Ahí os lo dejo.

“PANZABURRA”
(Un “algo” escrito por mí)
Cuando el cielo del Teleno se pone de color panzaburra, es que va a nevar. Parece que todo se para, esperando que los primeros copos caigan suavemente. Ya casi no quedamos gente que le llame al gris del cielo así, panzaburra. Cuando mi hija y mi hijo se marchen, el cielo antes de nevar dejará de tener un nombre, y ya nadie mirará pa´él. Cuando nieve, ya no habrá niñas ni niños que desordenen los montones y se tiren en plancha sobre la nieve acumulada, junto a los muros de piedra de las huertas. Que arranquen los carámbanos de hielo de los tejados de las cuadras, y los chupen con avidez. Ya no habrá niñas ni niños que no vayan a la escuela porque el autobús escolar no pueda subir a buscarlos. Ni que se tiren con el viejo trineo por las huertas nevadas. No existirá infancia que camine por el monte, que arranque el musgo de las paredes de piedra, que coleccione palos estrella, que pesque los renacuajos del pilón, que escarbe en los agujeros de los topillos, que siga los caminitos de las hormiguitas, que pise los pedos de lobo y que oiga la berrea de los corzos. Ni habrá personitas haciéndose collares de escaramujos ni construyendo presas en los riachuelos. No estarán las niñas y los niños que vayan a ver en marzo a las ovejas pariendo, ni que alimenten con un poco de miedo a los burros. No quedarán pastoras que salgan con los rebaños. Ni perros pastores que les vigilen. No se verá ropa tendida en los días de sol de invierno, ni mujeres sacando los colchones y mantas a los balcones para que se oreen. Los poyos quedarán abandonados, ninguna paisana se sentará en ellos. Ya no habrá domingos para jugar la partida en el bar. Ni bares donde tomarse un dedalín de orujo. Nadie hará los calendarios de las mancomunidades con las fotografías que tomaron los veraneantes. Ya no habrá quien alimente a las comunidades de gatos sin dueño, ni se verán caléndulas y geranios creciendo en latas gigantes de sardinas. Las calles bien alumbradas con lámparas led no alumbrarán a ninguna paseante. No habrá jóvenes que se reúnan en la vieja escuela para escuchar música de los móviles y chatear. No habrá gente que se críe en las montañas, en las praderas ni a la vera de los ríos, gente que pueda mirar el horizonte casi a diario, gente que vaya a caminar antes de la puesta de sol, que sienta las estaciones, que habite sobre la tierra y bajo el cielo. Nadie llamará para una facendera. No se reunirán las personas para filandones en las cocinas. No habrá quién vaya por las castañas y celebre el Magostu.
Poseerán las tierras la clase política, la clase empresarial, los cazadores y la clase veraneante. Se convertirán los pueblos en lugares de retiro y diversión estival. No quedará ganado ni animales salvajes, los cazadores acamparán a sus anchas y los matarán a todos. Las crestas de las sierras se inundarán de molinos de viento, cuya electricidad será vendida a las grandes compañías. Se repartirán los campos comunales entre las empresas de explotación arenera o cantera. Las aguas serán canalizadas para llenar piscinas o para venderla a las embotelladoras. Las laderas serán bombardeadas por el ejército dos veces al año para gastar el armamento que quedará obsoleto los años siguientes. Los bosques de árboles autóctonos serán sustituidos por pinos de crecimiento rápido que serán invadidos por millones de orugas procesionarias, colonizando sus copas con sus repugnantes nidos blancos. Los caminos y sendas serán devorados por la maleza, sólo se podrá llegar en coche por carreteras financiadas con fondos europeos, cuyos usuarios pasearán por ellas como si de un safari se tratara. La clase política ya no tendrá ojos críticos que la miren, se hará con todo. Se desplazará desde sus residencias lejanas y acomodadas y hará creer a la clase veraneante que todo es genial, que todos lo hacen por sus pueblos despoblados. Los ayuntamientos contratarán trabajadores pagados con los dineros públicos para servirles como asalariados en sus empresas privadas. Las multinacionales alimentarias comprarán toda la miel de las colmenas de los pequeños apicultores para utilizarlas en sus productos más que procesados. Tendrán que unificar las escuelas públicas y privadas. Cada vez habrá menos infancia que estudie en los conservatorios y menos adolescentes que quieran aprender idiomas en las escuelas oficiales. Las concejalías de deportes desaparecerán, y las de servicios sociales estarán únicamente orientadas a la tercera y cuarta edad. Ya no habrá gente menos mayor que cuide a la ancianidad, ni monjitas que vivan en los conventos. No habrá curas que den misa una vez cada seis semanas, ni fiestas patronales. No habrá Mayos ni Corpus, ni bailes en Las Candelarias. Las calles serán íntegramente cementadas en pos de la civilización turista. Ya no habrá huertos cuyos plantones de Monsanto fueron comprados en el mercado de los martes. Ni matanzas de cerdos comprados una semana antes para matarlos por San Martín. Las empresas de seguridad harán su agosto instalando dispositivos antirrobo en las casas bien reformadas y enrejadas. No habrá quién pode los árboles frutales ni admire su floración ni recoja sus frutos. El Estado seguirá cobrando por servicios como el agua, alcantarillado y basuras a las propietarios de las casas, que solo vendrán una semana al año y no protestarán por los precios abusivos, como buenos ciudadanos y amantes de los pueblos de sus antepasados. Cerrarán las farmacias y los pequeños colmados, cuando todas las personas mayores se hayan ido. Las personas jóvenes que queden, tecnologizadas como sus iguales urbanitas, no querrán trabajar, les llegará con cobrar las rentas y herencias de sus progenitores y con las ayudas del Estado. En las bibliotecas públicas sólo quedarán los libros y las revistas abandonadas, y la bibliotecaria. Los bibliobuses dejarán de llegarse los pueblos, no habrá nadie que quiera tomar prestado ni un título. Las médicas rurales tendrán que pedirse otros destinos en las ciudades, no habrá nadie que necesite tomarse la tensión o pedir receta para el sintrón. Ya no pasarán los portugueses vendiendo sábanas o toallas, ni la furgoneta que tapiza las butacas y los sillones. El panadero que trae el pan desde la ciudad será despedido, su puesto no será necesario. A partir de 2021, las personas que quedemos no habremos de ir a ningún sitio, el Sr. Presidente de la nación nos ha prometido adsl. Estaremos más conectados que nunca. No habrá coche de línea ni correo. Nadie respirará el aire más puro de la Península, lo enlatarán y se lo venderán a Tokio o Beijing. Se llenarán los pueblos de casas rurales construidas con ayudas del Leader, y cualquier comportamiento poco profesional de los dueños será tomado como una exótica anécdota rural. No continuarán los cronistas escribiendo sobre las historias pasadas de los pueblos ni nadie leerá lo que horas de investigación les costó a esos apasionados. Los pueblos se convertirán en meros proveedores de servicios de ocio, se llenarán de restaurantes, de gente haciéndose fotos en los cruceros y las ventanas floreadas, y haciendo sus necesidades en las huertas y olvidando guardarse sus basuras. Entresemana serán pueblos fantasma, eso si tienen la suerte de haber sido uno de los elegidos como pueblo más bonito por no sé qué web. Opinarán los veraneantes de los pueblos bonitos a través de las aplicaciones de su móvil, y después de pedir en sus restaurantes, preguntarán por la contraseña de la wifi y compartirán el momento con sus amistades a través de whatsapp o facebook. No hablarán entre ellos. No se darán cuenta que la mayoría de los restaurantes fueron abiertos por personas ajenas a esos pueblos, que solo fueron atraídas a establecerse allí por la oportunidad de negocio; ningún amor por esa tierra fue causa de su inmigración. Volverán algunas parejas jubiladas a terminar las interminables obras de sus casas de piedra, se quedarán los meses que no haga frío, y en las vacaciones cuidarán de la nietada, porque sus hijos e hijas tendrán que seguir trabajando en las ciudades. Y ya no habrá quien visite los cementerios en el día de los Santos. Durante algunos años, los servicios de mantenimiento arreglarán las tumbas, pero cuando ya no quede quien cubra esos puestos, los camposantos sólo serán reconocibles por el muro que lo limita.
Y los días transcurrirán monótonamente. No veremos a nadie si no queremos. Ni siquiera la tele e internet nos serán necesarios. Sufriremos los fríos y disfrutaremos los soles. Pasearemos él y yo a solas, por el monte, con lentitud, respirando a conciencia ese aire que nadie más respirará, siendo las únicas personas que existirán en el mundo. Y sin duda seremos felices en nuestra solitud elegida. Y moriremos a la vez, nos dejaremos dormir bajo el roble cerca de las Mayadas, un día tibio de septiembre, al atardecer, cuando las nubes de arrebolen y las bestias se nos acerquen curiosas. Y nos iremos.
-FIN-

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